Javier Milei, el Presidente de Argentina, es economista de profesión y libertario dogmático. Como economista, ha cerrado el caño de la emisión monetaria a usanza de los que estudiamos bajo el paradigma de la escuela monetarista de Milton Friedman de los 70s y 80s. Como libertario, la doctrina del libertarismo le ha servido poderosamente como norte ideológico de las políticas públicas del monetarismo y del libre mercado que tanto inculcaba el ex Premio Nobel de 1976. Adicionalmente, esa retórica fue tremendamente efectiva para activar las emociones de la población durante la campaña electoral sin dejar de machacar insistentemente con cifras que mostraban la desastrosa situación de la economía argentina.
Pero “otra cosa en con guitarra”. La realidad es mucho más compleja porque la economía es una ciencia social y, como tal, se basa en el comportamiento del ser humano. El libertarismo que pregona como tal es imposible de implementar porque no encaja con la realidad de ningún país. Por ejemplo, no se puede dejar de pagar impuestos; un país necesita de un gobierno, aunque limitado, para que funcione el Estado. Y un país pobre, no puede ignorar las necesidades básicas de, por lo menos, ciertos segmentos poblacionales. No se puede dejar de financiar la educación y salud públicas, las dos son necesidades apremiantes particularmente en economías pequeñas y pobres como la boliviana.
Ya lo dije antes, el desarrollo es muy serio para que solamente se confíe a economistas. El desarrollo es más que la economía; en él se conjugan factores históricos, culturales, sociológicos, etc. Así como no es lo mismo ser Presidente de Francia o de Bolivia, tampoco la implementación de las mismas políticas es necesariamente factible o dan el mismo resultado en un país como en otro. Es decir, cómo aplicar las políticas económicas dentro de un contexto social, institucional y político determinado que apunten a la sostenibilidad de las mismas tienen serios matices. Al presente, Milei parece ignorar la importancia de la economía política.
La economía va con la política y Milei tiene principalmente un desafío político. Veamos un par de ejemplos reales y actuales. Los políticos argentinos de oposición cuestionan que los ajustes en el presupuesto para reducir déficit fiscal son desiguales: se cortó en más de un tercio el financiamiento a las 57 universidades públicas, donde estudian más de dos millones de alumnos, y se redujeron los impuestos a los más ricos y se otorgaron enormes beneficios a las grandes empresas. Así, con sus protestas, la comunidad universitaria consiguió frenar los drásticos recortes y ahora, con respaldo parlamentario, ha dado un paso para intentar recuperar los fondos perdidos. Con todo, las protestas continúan. Otro ejemplo: el gobierno del Presidente Milei quiso privatizar la línea aérea bandera, pero el Congreso se opuso. Frustrado ese objetivo, el Gobierno ordenó un severo recorte de fondos. Los sindicatos convocaron paros. El conflicto se acrecentó y ambas partes endurecen su postura. En menos de cuatro semanas, los trabajadores han realizado siete medidas de fuerza, entre ellas varias huelgas encubiertas que han dejado a miles de trabajadores en tierra y han provocado pérdidas millonarias. Sin embargo, recientemente se anunció que Javier Milei firmaría un decreto para declarar a Aerolíneas Argentinas sujeta a privatización.
Con una representación mínima del 15% de la Cámara Baja, el partido de Milei necesita apoyo político y del Congreso, en particular, para implementar reformas. Caso contrario, la tarea es muy difícil. Y, Argentina, como Bolivia, no necesitan un gobierno liberal de cinco años; es poco tiempo para revertir el daño causado a sus economías. Argentina y Bolivia necesitan un gobierno(s) con respaldo legislativo, liderazgo fuerte y firme, que haga cumplir la ley a rajatabla y aplique políticas liberales sentadas en la realidad por más de 10 años.
La ausencia de opciones de liderazgo no debería llevar al primer presidente libertario en la historia argentina a creer que goza de un cheque en blanco. Así piensan los populistas, en este caso de derecha – como Trump, Bolsonaro y Bukele, entre otros. El presidente argentino modificó una ley con un decreto y restringió el acceso a la información pública. Además de no ser consistente con las políticas liberales y libertarias, es un error. Este es un primer paso para limitar los derechos fundamentales que nos otorga una democracia plena, un país en estado de derecho.
El principal problema de Milei, como en el caso de Bolivia, no es económico, es político. Los candidatos opositores saben, unos más que otros, que se tienen que implementar políticas económicas liberales. El desafío está en el “cómo”, en cuanto al alcance, profundidad y temporalidad. Bolivia ha cambiado bastante desde el año 1985 cuando se aplicó el DS 21060 de La Nueva Política Económica. Para mencionar solamente dos diferencias abismales. En ese entonces había estaño y ahora no hay gas; existían instituciones democráticas imperfectas pero funcionando; ahora todo está desmantelado.
Hay mucho que tendríamos que haber aprendido de esa y otras experiencias más recientes en otros países; el más actual y cercano es de Argentina. Por eso mencioné, en un artículo anterior, que el desafío para la oposición política en Bolivia, cualquiera que sea o se geste para las elecciones del 2025, no es solamente ganar las mismas, sino ganar abrumadoramente para tener una representación holgada en el Congreso y poder realizar las reformas necesarias. Un primer paso no es elegir a ese “único” candidato opositor; sino más bien apuntar toda la artillería de la oposición a los corazones y las cabezas de la ciudadanía y arrinconar al oficialismo.