Tribuna

Bolivia 2025: un país en venta y una política en remate

Bolivia 2025: un país en venta y una política en remate
Alberto De Oliva Maya | Columnista
| 2025-03-17 01:29:42

Si algo nos ha demostrado la política boliviana es que el bienestar del ciudadano siempre es la prioridad… claro, después de los intereses personales, los pactos bajo la mesa y la eterna lucha por ver quién se queda con el botín más grande. En este año electoral, el país se encuentra en una situación envidiable: una economía en quiebra, un oficialismo peleado como perros por un hueso y una oposición que brilla… pero por su ausencia.

La crisis económica, esa que nadie vio venir (o mejor dicho, que todos decidieron ignorar hasta que explotó en la cara de la gente), ha convertido la vida cotidiana en un juego de supervivencia. La escasez de dólares, el combustible convertido en un bien de lujo y los precios de los productos básicos subiendo como si fueran cohetes espaciales nos recuerdan que en Bolivia el progreso siempre avanza… pero en reversa.

¡Por supuesto! El MAS no podía quedarse fuera de esta tragicomedia política. Alguna vez fue un bloque monolítico, unificado bajo la voluntad divina—perdón, inquebrantable—de su líder eterno, el inmaculado Evo Morales, cuya hoja de vida tiene más escándalos que logros. Hoy, lo que era un partido sólido se ha convertido en un culebrón de baja categoría, con traiciones, chismes de mercado y puñaladas traperas.

Por un lado, el presidente Arce se aferra a la sigla del MAS como si fuera un flotador en un naufragio, rezando para que la marea no lo trague. Mientras tanto, Evo, quien parecía destinado a que lo embalsamen envuelto en la tricolor azul, negro y blanco, ahora deambula como vendedor ambulante, ofreciendo su “liderazgo revolucionario” a quien esté dispuesto a comprar. Y lo mejor: el hombre que siempre juró odio eterno a la derecha ahora anda de coqueteos con cualquier grupo que le prometa un boleto de regreso al trono.

Dentro del MAS, la pelea es de circo romano: unos quieren reelección, otros piden renovación, y los más iluminados fantasean con guerras étnicas contra los “kharas” del país, como si estuviéramos en la Edad Media. En resumen, la gran “revolución popular” terminó convertida en una trifulca de borrachos donde todos quieren ser los nuevos amigos de la “Casa del Pueblo” y, de paso, quedarse con el país en el reparto.

Pero si creías que la oposición era diferente… qué ternura la tuya. Si el oficialismo está roto, la oposición está hecha polvo, barrida y esparcida por el viento. No es por falta de ambición, al contrario, tienen tanta que ninguno está dispuesto a ceder ni un centímetro. Así que, una vez más, el espectáculo debe continuar con el elenco de siempre: los mismos rostros gastados de los últimos 30 años, vendiéndose como la “nueva esperanza”.

¿Jóvenes con ideas frescas? No, no, demasiado peligroso, podría cambiar algo. ¿Un empresario o productor cruceño? Ni en sueños, el camba está para pagar impuestos, no para gobernar. Mejor desempolvemos a los viejos zorros de siempre, esos que dominan el arte de la intriga y la rosca, esos que, con su olfato político infalible, solo buscan asegurarse una jubilación dorada con fondos estatales. Porque en Bolivia, la renovación no es una opción… es un chiste malo.

Y así apareció la gran jugada maestra de la oposición: el rimbombante “Bloque de Unidad”, que, en teoría, debía ser un frente sólido contra el MAS, pero que en la práctica fue solo otro reality show de egos inflados compitiendo por quién se miraba más al espejo. Unos hablaban de unión, otros de renovación y todos, sin excepción, de sí mismos.

La estrategia es simplemente brillante… o, mejor dicho, brillantemente predecible. Primero, nos vendieron la encuesta como la herramienta mágica que, por arte de ilusión estadística, eliminaría décadas de fraccionamiento opositor. ¿El resultado? Será lo de siempre: el que pierda quedará más solo que estatua en pueblo fantasma, mientras sus fieles seguidores, con la lealtad de un billete de tres dólares, saldrán corriendo a vender su apoyo al mejor postor. Porque en Bolivia, el voto opositor no se consolida, se subasta.

Pero, oh sorpresa, lo inesperado irrumpió en el escenario: Branko, en un acto de “desprendimiento”, decidió abandonar la carrera y, con la elegancia de un apostador acomodando cartas bajo la mesa, dejó el camino libre para Tuto. Así, como por arte de magia y no precisamente por méritos, el eterno candidato resucita de entre los escombros políticos y se convierte en la estrella de esta grotesca “elección por encuesta”.

Las encuestas, esas herramientas supuestamente científicas, resultarán ser el truco más efectivo de esta farsa. Con un par de renuncias estratégicas, se pasará de tener siete precandidatos a apenas uno y, de paso, cinco fueron borrados del mapa con la precisión de un barrendero eficiente. Ni Maquiavelo lo habría planeado mejor.

Mientras tanto, Manfred y Chi, que hasta ayer se creían con chances, ahora verán sus aspiraciones desinflarse como globo de feria pinchado. De la noche a la mañana, el discurso cambia: los que eran la esperanza ahora son los nuevos “masistas encubiertos” a derrotar. Y aquel que hasta ayer era invisible en el circo de la encuesta nacional comienza a brillar como si fuera el mesías redentor. Porque en Bolivia, la política es un espectáculo de magia barata: en un abrir y cerrar de ojos, los villanos se vuelven héroes y los héroes desaparecen en el olvido.

Así llegaremos a las elecciones: con un oficialismo en ruinas, pero aferrado al poder como garrapata en perro flaco, y una oposición que, al reducir su fragmentación, creerá ingenuamente que podrá ganar en primera vuelta. ¡Qué ternura!

¡Pero ojo! Elegir presidente en Bolivia es como ir a un mercado de baratijas: hay muchas opciones, todas defectuosas, y al final terminamos pagando demasiado por algo que no sirve. Y si seguimos votando con memoria de pez y el corazón manipulado por discursos prefabricados, el desenlace ya está escrito: cinco años más de estancamiento, corrupción y miseria.

La única forma de que esta historia no termine en tragedia es que el candidato único, si es que alguna vez logran ponerse de acuerdo, entienda que, sin el empresariado, el productor agropecuario y los industriales cruceños en su plan de gobierno, esto no es más que otro ejercicio de inutilidad política.

Si el Modelo Económico Cruceño no se convierte en el pilar de reconstrucción, el MAS nos dejará como herencia una crisis social, financiera y alimentaria tan monumental que ni los discursos más emotivos podrán maquillar el desastre.

La pregunta es simple: ¿seguiremos siendo los espectadores pasivos de esta tragicomedia política o exigiremos un cambio real? ¿Seguiremos siendo los borregos de siempre o, por una vez, vamos a levantar un dedo (sí, ese dedo) para señalar el futuro con claridad? Porque, si hay algo que la historia nos ha enseñado, es que los pueblos que no aprenden de sus errores están condenados a repetirlos… una y otra vez.

Bolivia tiene una última oportunidad de demostrar que puede ser diferente… si es que, por primera vez en la vida, logramos ser coherentes con nuestra elección.

Alberto De Oliva Maya | Columnista
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