El pueblo boliviano enfrenta una crisis económica asfixiante, mientras el gobierno se muestra impasible. La inflación descontrolada, la escasez de productos esenciales y el encarecimiento de la vida cotidiana han deteriorado gravemente el bienestar de las familias, pero las autoridades parecen aferrarse a un rumbo que solo agrava la situación.
Las cifras no mienten. En febrero de
2025, la inflación interanual alcanzó el 13,22%, la más alta desde 2009,
ubicando a Bolivia como el tercer país con mayor inflación en Sudamérica, solo
por detrás de Venezuela y Argentina. En solo dos meses, la inflación acumulada
llegó al 3,24%, equivalente al 43% de la meta gubernamental anual del 7,5%.
Estamos hablando de números oficiales, que los expertos califican como “ciencia
ficción”, pues aseguran que el índice de precios es mucho más alto. Aún así,
las proyecciones alarmantes y hacen prever que la inflación podría superar el
20% para fin de año.
La inflación golpea con especial dureza
el sector de los alimentos, cuyo encarecimiento interanual ha sido del 21,47%,
el más alto desde 2018. Productos básicos como el arroz, la carne y los huevos
han duplicado su precio, obligando a las familias a cambiar sus hábitos de
consumo. No se trata solo de ajustes en el presupuesto: se trata de hambre y de
necesidad. Muchas familias han pasado de comprar carne a subsistir con
menudencias, y lo que antes era una comida completa ahora se ha convertido en
raciones reducidas y sustituciones desesperadas.
El desabastecimiento de combustibles es
otro factor que profundiza la crisis. La falta de diésel y gasolina encarece el
transporte y afecta la producción, generando un círculo vicioso que eleva los
costos en toda la economía. Los empresarios alertan sobre el impacto en la
industria y el comercio, mientras el gobierno sigue minimizando el problema,
sin ofrecer soluciones reales.
Lo más indignante es la actitud
gubernamental. En lugar de reconocer la gravedad de la crisis y tomar medidas
urgentes para aliviar la carga sobre los ciudadanos, las autoridades insisten
en un relato oficial que choca con la realidad de las calles y los mercados. El
presidente del Instituto Nacional de Estadística (INE) atribuyó el aumento de
la inflación a solo cinco productos: la carne de res, el pollo, el tomate, el transporte
público y el material escolar. Esta afirmación, además de simplista, ignora el
aumento generalizado de precios y la crisis estructural que enfrenta el país.
Mientras en otros países de la región la
inflación se mantiene bajo control, Bolivia sigue una curva ascendente. En El
Salvador, por ejemplo, la inflación interanual es de apenas 0,06%, en Costa
Rica del 1,24% y en México del 3,77%. Estos datos demuestran que los problemas
inflacionarios no son únicamente producto de factores externos, sino de decisiones
erróneas en la política económica nacional.
Los economistas coinciden en que la raíz del problema radica en un manejo irresponsable de la política monetaria. La excesiva emisión de bolivianos sin respaldo productivo ha generado una depreciación de la moneda y una creciente desconfianza en la economía. Sin un cambio de rumbo, la situación solo puede empeorar.
En respuesta, lo único que ha mostrado el gobierno es indiferencia y terquedad. Cada día que pasa sin una acción decidida, la crisis se profundiza y la población sufre más. Si las autoridades no están dispuestas a cambiar de rumbo, Bolivia se encamina a un escenario aún más sombrío, donde la pobreza, el hambre y la desesperanza serán la norma.