El gobierno boliviano ha decidido enfrentarse a un enemigo imbatible: el mercado. Como si de un acto de magia se tratara, pretende bajar el precio de la carne por decreto, creyendo que la oferta y la demanda obedecen a discursos y no a realidades económicas. El reciente acuerdo con los ganaderos para reducir el precio del kilo gancho a Bs 34,50 es otro capítulo en la larga historia de ingenuos que han intentado desafiar las leyes del mercado… y han terminado en el desastre.
Si algo ha demostrado la historia es que los intentos de controlar precios terminan en escasez, mercados negros y crisis económicas. En Venezuela, la obsesión por fijar precios provocó que alimentos básicos desaparecieran de los estantes y que los ciudadanos terminaran haciendo largas filas para comprar hasta lo más esencial. En Argentina, décadas de intervención estatal dejaron un país sumido en la inflación y el colapso productivo. En Cuba, el resultado ha sido el desabastecimiento crónico y una economía que sobrevive a duras penas.
Pero el gobierno boliviano cree que esta vez será diferente. Que con acuerdos y reuniones forzadas logrará torcer la realidad económica. Que los ganaderos, afectados por las inundaciones, la falta de diésel y el contrabando, de alguna manera mágica podrán ofrecer carne a menor precio solo porque un ministro lo pide.
El Beni se inunda, el diésel escasea y el contrabando sigue fluyendo como un río descontrolado. ¿Qué hace el gobierno? En lugar de solucionar estos problemas, prefiere sentarse en una mesa y exigir que el precio baje. Como si las vacas pudieran nadar mejor con discursos, como si los camiones funcionaran con buenas intenciones en vez de combustible, y como si los contrabandistas dejaran de operar solo porque el gobierno “refuerza operativos”.
El problema es claro: mientras el tipo de cambio se mantenga artificialmente rígido, seguirán existiendo incentivos para el contrabando. Mientras el diésel siga siendo un bien escaso, la producción y el transporte de carne serán cada vez más costosos. Y mientras el clima golpee al sector ganadero, la oferta de carne seguirá limitada. Pero no, según el gobierno, todo se resuelve con una mesa de diálogo y promesas vacías.
El mercado no negocia, no se deja convencer y menos aún se doblega ante gobiernos que creen que pueden reescribir las leyes de la economía con decretos. En Bolivia, la única forma de estabilizar el precio de la carne es asegurando condiciones reales para la producción: acceso a combustible, control efectivo del contrabando y políticas económicas coherentes. Todo lo demás es puro teatro.
Si el gobierno sigue este camino, terminará como tantos otros: con mercados desabastecidos, precios en alza y un sector productivo desmotivado. Pero claro, cuando llegue ese momento, seguramente encontrarán otro culpable: los ganaderos, los intermediarios, o quizá hasta el propio consumidor por atreverse a comer carne.