En todo el mundo las escuelas están prohibiendo el uso de teléfonos celulares. Los padres, los educadores y los gobiernos están preocupados por la toxicidad de las redes sociales, el elemento central de la vida de los adolescentes, donde construyen sus relaciones, su identidad y donde muchas veces encuentran respuestas a su aislamiento y a sus frustraciones.
Una reacción tan tajante se basa en la constatación de que los teléfonos perjudican el proceso de enseñanza, pues los estudiantes no aprovechan en lo más mínimo el potencial que tiene internet, las redes y la conectividad en el campo académico.
La aclamada serie británica “Adolescencia” recientemente estrenada en Netflix, ha dado en el clavo sobre la verdadera motivación que está detrás del veto a los celulares en los colegios, donde no saben qué hacer con la multiplicidad de fenómenos que están ocurriendo alrededor de las redes sociales. Lo peor es que los padres tampoco conocen esta realidad e ignoran los enormes riesgos que puede implicar el hecho de que los chicos se la pasen todo el día pegados al celular, consumiendo mensajes que pueden tener repercusiones nocivas en sus vidas.
“Adolescencia” nos muestra que toda una regeneración está en crisis y el extravío es tal que ni siquiera entendemos el lenguaje en el que nos hablan los chicos de hoy, cuyos gritos de desesperación suelen aparecer en grandes titulares, cuando se producen tiroteos, asesinatos en las escuelas, suicidios por culpa del acoso escolar y muchos otros hechos que están incrementando el caos en los colegios y han convertido al hogar en un campo minado indescifrable.
La serie expone las sombras del mundo juvenil moderno: la falta de modelos paternos saludables, la crisis de la masculinidad, el acoso en redes sociales, el aislamiento y la normalización de la violencia. En una sociedad donde la identidad y la autoestima se construyen a través de pantallas, los adolescentes son víctimas fáciles de ideologías extremas y discursos de odio.
Uno de los mensajes más impactantes de la serie es la importancia de una paternidad activa y vigilante. La falta de diálogo entre padres e hijos puede llevar a que los adolescentes busquen respuestas en espacios nocivos de internet. No basta con confiar en que sabrán distinguir el bien del mal; es fundamental involucrarse en su mundo digital, conocer sus referentes y guiarlos en la construcción de un pensamiento crítico y una autoestima saludable.
La educación formal también juega un papel crucial. Los docentes deben estar preparados para identificar signos de aislamiento, violencia o radicalización en los alumnos. La escuela no solo debe impartir conocimientos académicos, sino también formar en valores como la empatía, el respeto y la resolución pacífica de conflictos.
No podemos ignorar el mensaje de Adolescencia: la juventud está en peligro y la responsabilidad es compartida. La familia, la escuela y la sociedad deben trabajar juntas para generar espacios seguros, donde los adolescentes puedan expresar sus inquietudes sin miedo a la censura o al juicio. La violencia no es innata; es el producto de un entorno que ha fallado en ofrecer alternativas saludables.