Hace años, se decía en tono de broma que Bolivia no tenía carreteras porque no producía nada y las pocas rutas que había servían para que circulen los camiones extranjeros llevando mercaderías de un extremo a otro del continente. El beneficio para los bolivianos consistía en venderle mocochinchi a los choferes. Eso fue hasta que el sector privado, especialmente el de Santa Cruz, fue capaz de desarrollar un vigoroso caudal de exportaciones que abrió caminos, mercados y cadenas productivas, sin pedirle nada al estado. Luego de más de un siglo de llorar por el enclaustramiento, los “sucios gobiernos neoliberales” y el auge gasífero generado por la inversión privada lograron en 1999 que Bolivia se abra al mundo con uno de los proyectos más ambiciosos de la época, el gasoducto de exportación a Brasil. Han pasado apenas 26 años de esa hazaña y el MAS celebra la destrucción de la industria gasífera boliviana anunciando como si fuera un gran negocio, el uso de ese mismo tubo para que Argentina exporte su gas a Brasil. Eso no alcanzará ni para el mocochinchi.