El fracaso del gas, coronado por la noticia de que nos hemos convertido en meros acarreadores del producto, no es una derrota de los bolivianos, tampoco es culpa de MAS, del sistema político, del socialismo, del gobierno o de los dirigentes. Es una suma de todos, pero fundamentalmente una nueva derrota del Estado, el único capaz de provocar el retroceso de los pueblos, mientras que el individuo siempre jala hacia adelante y progresa aunque sea un poco. ¿Por qué sucede eso? Las revoluciones, las ideologías, las organizaciones, los regímenes gobernantes y, por supuesto, los políticos, jamás plantean soluciones y respuestas que no pasen por el Estado, un ente condenado al eterno fracaso porque no hace cálculo económico, que planifica sin suficiente información y que comete la arrogancia de meterse en la vida de las personas con el objetivo de conducir sus vidas y mantenerlas bajo su control. El éxito de la sociedad en esas condiciones es misión imposible y por eso es que jamás el progreso humano ha estado definido por el estado. Lo triste es que ninguno de los candidatos, ni el más férreo opositor al MAS, plantea darle protagonismo al individuo.