Europa fue el corazón de la civilización occidental. Cuna de la democracia, el liberalismo, el capitalismo y la Ilustración. Moldeó el mundo con su pensamiento, arte y poder. Hoy es una sombra de lo que fue. Donde antes había dinamismo hay estancamiento; donde había innovación, hay burocracia; donde había fuerza, hay dependencia. En menos de 70 años, pasó de ser el centro del mundo a una región en decadencia, ahogada por el Estado de bienestar y el conformismo. Europa debe despertar o resignarse a su irrelevancia.
Tras la Segunda Guerra Mundial, Europa tenía la oportunidad de resurgir, pero abrazó modelos económicos que sofocaron la libre empresa y expandieron un asistencialismo que desincentivó el esfuerzo. El crecimiento se convirtió en dependencia del Estado, la carga fiscal ahogó a los emprendedores y la burocracia frenó la innovación. El resultado: economías estancadas, tasas de natalidad en declive y pérdida de influencia global.
Europa ya no lidera, sino que es protegida. Su dependencia de Estados Unidos en seguridad evidencia su fragilidad ante amenazas como Rusia y China. La Unión Europea, lejos de impulsar el desarrollo, se ha convertido en un bloque tecnocrático que impone regulaciones excesivas, ahoga la libre competencia y erosiona las identidades nacionales con políticas globalistas.
Históricamente, Europa prosperó gracias a la descentralización y la competencia entre entidades soberanas. En la Edad Media, la Iglesia limitaba el poder estatal y los monarcas debían negociar con parlamentos y cortes, sentando las bases del capitalismo y la democracia. Sin un Estado todopoderoso, florecieron la empresa privada y el comercio. Ciudades-estado como Venecia y Florencia se enriquecieron con el comercio, mientras que en los Países Bajos la burguesía logró restringir el poder monárquico, garantizando derechos económicos sin precedentes.
La Revolución Industrial, nacida en el Reino Unido, fue el resultado de la libertad económica y la propiedad privada. El capitalismo, basado en la iniciativa individual, permitió a Europa avanzar rápidamente mientras otras civilizaciones permanecían estancadas bajo regímenes centralizados.
Pero esa Europa ha sido desmantelada desde dentro. La expansión del Estado de bienestar ha creado generaciones dependientes de subsidios. La socialdemocracia ha debilitado la cultura del esfuerzo y la competitividad. Impuestos excesivos y sobre regulación han hecho que sea más fácil recibir ayudas que emprender.
Europa debe recuperar sus principios fundamentales: descentralización política, competencia entre jurisdicciones, respeto a la propiedad privada, libre mercado y reducción del intervencionismo estatal. Sin estos pilares, su declive continuará. Los países europeos deben replantear el modelo de Estado de bienestar, promoviendo la autosuficiencia y reduciendo la dependencia de subsidios. También deben impulsar reformas fiscales que liberen a las empresas de una carga tributaria desproporcionada y eliminen regulaciones innecesarias que frenan la iniciativa privada.
Europa tiene la capacidad de recuperar su grandeza, pero debe actuar con determinación. Sin reformas profundas, seguirá deslizándose