Las recientes declaraciones del canciller alemán Friedrich Merz en la cumbre del G7 no solo sorprenden por su crudeza, sino que también exponen una verdad incómoda que la mayoría de los líderes prefiere callar: Israel está conteniendo a un régimen terrorista que amenaza no solo a Medio Oriente, sino a toda la civilización occidental. Tal vez motivado por el complejo de culpa histórico que Alemania aún arrastra por el Holocausto, Merz se atreve a decir lo que muchos piensan pero callan: Irán, gobernado por fanáticos religiosos, no busca únicamente borrar a Israel del mapa, sino también desestabilizar al mundo libre mediante su programa nuclear. Mientras Macron insiste en una ilusoria “mesa de negociaciones”, la realidad es que el régimen iraní no negocia: chantajea, infiltra, asesina y se expande. No hay punto medio frente a una teocracia que convirtió al terrorismo en doctrina de Estado. Israel actúa, y al hacerlo, hace “el trabajo sucio” que nadie quiere asumir, pero del que todos se beneficiarán.