Editorial

¿Quiénes son los indecisos?

Bolivia vive una de las coyunturas electorales más inciertas desde el retorno a la democracia. A menos de un mes de las elecciones, cerca del 30% del electorado se mantiene...

Editorial | | 2025-07-22 01:05:35

Bolivia vive una de las coyunturas electorales más inciertas desde el retorno a la democracia. A menos de un mes de las elecciones, cerca del 30% del electorado se mantiene en la indefinición: voto blanco, nulo o silencio, más que una señal de apatía, es un grito de desencanto frente a una oferta electoral incapaz de entusiasmar. Uno de cada tres bolivianos no se siente representado por ninguna candidatura.

Este fenómeno es el reflejo de una crisis profunda de representación. El gran ganador es el indeciso, un actor silencioso capaz de definir el desenlace electoral. Pero, ¿quiénes son? Contra la idea de que son simpatizantes ocultos del MAS, los datos indican que el desencanto atraviesa género, nivel educativo y regiones. En departamentos como Chuquisaca y La Paz, el voto residual supera el 40%.

El oficialismo llega dividido. El evismo promueve el voto nulo y acusa a los candidatos del bloque de izquierda (Eva Copa, Andrónico Rodríguez, Eduardo del Castillo) de traicionar al “verdadero proceso de cambio”. Para ese núcleo duro, sin Evo Morales no hay izquierda legítima. Esta fractura no solo debilita al MAS, también desmoviliza a quienes se sintieron parte de su proyecto.

La oposición tampoco convence. Tuto Quiroga, Manfred Reyes Villa o Samuel Doria Medina arrastran una narrativa que ha sido incapaz de conectar con una ciudadanía que exige más que slogans. En un país golpeado por la inflación, el desempleo y la escasez de dólares, los discursos repetidos pierden impacto.

En medio de esta orfandad política, el voto útil emerge como una opción pragmática. Muchos podrían decidir su voto en el último minuto, no por convicción, sino para evitar que gane el candidato que más temen. Ya ocurrió en elecciones anteriores. Es un voto no ideológico, sino estratégico: busca resultados, no afinidades.

Los indecisos no son apáticos. Son exigentes. No se han dejado convencer por candidaturas grises y campañas pobres en ideas. El país necesita propuestas audaces y líderes capaces de enfrentar una crisis multidimensional.

Los candidatos no solo compiten entre sí, sino contra la decepción colectiva. Si no logran encender una mínima esperanza, ese 30% puede quedarse en casa, anular su voto o, peor aún, votar empujado por el miedo. El riesgo es que el futuro del país se decida por descarte.

Todo apunta a una segunda vuelta. Pero lo que realmente definirá esta elección será ese “tercio invisible” del electorado. En un contexto donde los discursos ideológicos ya no arrastran, lo que está en juego es mucho más que una victoria partidaria: se mide la distancia entre la política tradicional y una ciudadanía que ya no acepta promesas vacías.

El 17 de agosto no solo se elige un nuevo gobierno. Se pone a prueba la capacidad de los políticos de reconectar con el país real. Si no lo hacen, esta elección será recordada como el plebiscito del descontento. Y el verdadero poder estará, como casi nunca, en los que todavía no han hablado.