El 10 de noviembre de 2019, Bolivia vio caer a cuatro presidentes (entre el Ejecutivo y el Legislativo) en tres semanas. Mientras la plaza Murillo se teñía de convulsión y rabia, comprendí lo obvio: estábamos clamando por un nuevo salvador. Siempre lo hacemos. Como rezando en un templo vacío, entregamos nuestro destino a un nombre: “¡Que vuelva Evo!”, “¡Mesa es la solución!”, “¡Áñez nos salvará!”. La historia se repetía: buscábamos un mesías de carne y hueso, preferiblemente hombre, que cargara sobre sus hombros las esperanzas de aproximadamente 12 millones de almas diversas.
Cuando el Decreto Supremo N.º 048, del 18 de marzo de 2009, nos declaró “Estado Plurinacional”, sobrepasando a la Constitución de febrero de ese mismo año, creímos en el fin del colonialismo interno. Pero pronto el MAS mostró su juego: la plurinacionalidad fue un espejismo. Mientras Evo Morales posaba con aspirantes a caudillos indígenas en actos folclóricos, su gobierno centralizaba el gas, las tierras y las decisiones. Hoy, Luis Arce repite el guion: impone desde La Paz políticas económicas que ahogan a Santa Cruz y al resto del país, mientras ignora a las autonomías indígenas reales y al modelo gestado en la Constituyente y en la Ley N.º 031. Como dice el politólogo argentino Guillermo O"Donnell, América Latina sufre de “democracias delegativas”: votamos cada cinco años para entregar poder absoluto a un elegido que gobierna sin contrapesos.
“En Bolivia, el Palacio Quemado o la Casa Grande del Pueblo es el gran teatro donde un actor principal monopoliza el drama nacional, mientras 36 naciones y otros agregados nacionales esperan su turno en el camerino.” Revisemos el récord patético: 11 de nuestros últimos 12 presidentes fueron varones; hemos vivido 4 crisis de sucesión en 20 años (2003, 2005, 2019, 2020); aproximadamente el 68 % de las leyes clave (hidrocarburos, educación, riesgos) se redactaron sin consulta territorial real.
El modelo presidencialista es un coche bomba: concentra tanto poder que termina explotando, sin importar quién lo ejerza. En 2016, Morales ignoró el referéndum que le negaba la reelección. A partir de 2023, Arce gobierna más por decreto ante una Asamblea Legislativa Plurinacional fracturada. Mientras tanto, la verdadera Bolivia —esa madeja de culturas quechua, aymara, guaraní, chiquitana y, sobre todo, mestiza— sigue huérfana.
“¡Bolivia unida jamás será vencida!”, gritan los políticos.
Pero ¿qué unidad? La que impone el centralismo paceño sobre el resto del país. La que silencia a las naciones originarias en nombre del “proceso de cambio”. La que celebra el Tipnis en discursos, pero vende sus recursos, su destino, sin consulta alguna. Bolivia no es una: es un archipiélago de identidades que el presidencialismo forcejea dentro de un molde único.
Ahora bien, imaginemos esto: nueve sillas en lugar de un trono. Una para cada gobernador. La presidencia rotativa cada dos años, como los turnos del *ayni* aymara. Las decisiones cocinadas en consenso, no por decreto. Inspirados en el Consejo Federal Suizo —donde siete ministros rotan la presidencia anual—, propongo la Asamblea Ejecutiva Departamental. ¿Cómo funcionaría?
Dentro de cada departamento se elige a su máxima autoridad; estos, a su vez, eligen entre ellos un presidente de gobierno rotativo cada 24 meses. Así, las políticas nacionales requerirán doble mayoría: cinco de nueve gobernadores, más el apoyo de las asambleas indígenas de las autonomías consolidadas bajo el modelo autonómico previsto en la Ley N.º 031. Se debe prohibir la reelección inmediata de cualquier autoridad, porque el corazón del nuevo sistema debe ser la rotación, al mismo tiempo que se debe promover la ascensión al cargo ejecutivo de un gobernador de distinta procedencia departamental cada vez que se realice la sucesión de representación.
De esta forma, se enterraría el caudillismo. Nadie sería “el salvador”. Haríamos real la plurinacionalidad: un gobernador quechua de Cochabamba podría presidir, mientras otro guaraní de Chuquisaca veta proyectos que dañen su tierra, provocando una horizontalidad en la administración. Así también se evitarían golpes: si un territorio rechaza una política, se negocia, no se impone.
¿Por qué seis años con rotación? Dos años son tiempo suficiente para ejecutar proyectos, pero no para enquistarse. Tres rotaciones garantizan continuidad sin caer en la inestabilidad. Nueve voces impiden que La Paz, Santa Cruz, El Alto o cualquier región pujante monopolice el relato nacional.
En conclusión, el país que debe proyectarse no necesita un padre protector. Necesita madres, padres e hijos tejiendo futuro en igualdad. Mientras escribo esto, en el altiplano, mujeres aymaras riegan la tierra con turnos comunitarios. En Santa Cruz, jóvenes agricultores crean cooperativas sin esperar subsidios. Bolivia ya vive la democracia asamblearia; falta construirla institucionalmente.
La verdadera revolución no es poner un poncho en la monolítica Casa Grande del Pueblo, sino disolver la representación del poder hacia las bases ciudadanas. Que el poder vuelva a circular como la savia en un árbol antiguo: desde las raíces. En ese sentido, el Estado debe ser un jardín donde florezcan mil flores, no un bonsái recortado por manos centralistas.