Rodrigo Paz intenta mostrarse como un político sensato, moderno, con estudios en el extranjero y una trayectoria pública que lo respalda. Sin embargo, su afirmación durante el debate presidencial de que “en Bolivia hay plata” lo desnuda por completo. No se trata de un lapsus ni de un error de cálculo; es una muestra de su desconexión con la realidad y, peor aún, de su alineamiento con un discurso ideologizado que ya causó estragos en el pasado.
Cuando un país se encuentra en terapia intensiva, lo primero que necesita es suero, no placebo. Bolivia atraviesa una crisis de proporciones inéditas: sin dólares, sin combustibles, con una inflación contenida a la fuerza y con un aparato productivo asfixiado por la falta de insumos. Decir que “hay plata” en estas condiciones es, como mínimo, un acto de irresponsabilidad. Lo que hay no es plata, sino billete: moneda local que no puede comprar diésel ni importar trigo, porque lo que falta son divisas. Y lo más grave, imprimir más billete no genera riqueza, solo agrava el problema y nos empuja al abismo inflacionario.
La afirmación de Paz recuerda peligrosamente al discurso de Evo Morales, que convirtió la soberanía económica en un dogma ideológico y no en un ejercicio de responsabilidad. Morales expulsó a la embajada de Estados Unidos, ahuyentó a las transnacionales, criminalizó la cooperación internacional y presentó todo vínculo financiero externo como una amenaza a la independencia nacional. El resultado fue devastador: una economía que dependía del precio del gas, una industria colapsada y una burocracia estatal que se tragó los excedentes de la bonanza.
Rodrigo Paz parece caer en la misma trampa. Su discurso se construye sobre una negación: negar la necesidad de acudir al Fondo Monetario Internacional o de gestionar financiamiento externo. Como si pedir ayuda fuera un signo de debilidad. No lo es. Cuando un país está al borde del colapso, recurrir a organismos multilaterales o socios estratégicos no es rendirse, es buscar un salvavidas. Argentina lo entendió. Javier Milei, con todo su ímpetu liberal, recurrió a los préstamos internacionales porque entendió que el ajuste sin respaldo financiero es suicida. Bolivia necesita ese mismo realismo.
Tuto Quiroga lo dijo con crudeza: el país requiere con urgencia al menos 12.000 millones de dólares para estabilizar su economía. Es una cifra enorme, pero necesaria. Negarse a reconocerlo es seguir mintiéndole a los bolivianos. Y la mentira económica tiene consecuencias: colas para el combustible, tractores parados, alimentos que no llegan al mercado. Esa es la cara más cruel del populismo disfrazado de patriotismo.
El discurso de Paz suena a eco de Luis Arce, que insiste en negar la crisis. Ambos prefieren buscar culpables antes que soluciones, no representa una alternativa, sino continuismo. Tiene un poco de Evo Morales en su soberbia y un poco de Arce en su ceguera. Habla de soberanía, pero repite las mismas consignas que hundieron al país en la dependencia ideológica. Mientras tanto, el paciente —Bolivia— sigue sin suero, sin tratamiento y sin diagnóstico honesto.
Rodrigo Paz parece caer en la misma trampa. Su discurso se construye sobre una negación: negar la necesidad de acudir al Fondo Monetario Internacional o de gestionar financiamiento externo. Como si pedir ayuda fuera un signo de debilidad. No lo es. Cuando un país está al borde del colapso, recurrir a organismos multilaterales o socios estratégicos no es rendirse, es buscar un salvavidas.