Dios te bendiga

Papel Higiénico

Papel Higiénico
Mons. Roberto Flock | Columnista
| 2025-10-31 08:15:59

“¿No saben que lo que entra por la boca pasa al vientre y se elimina en la letrina?

En cambio, lo que sale de la boca procede del corazón, y eso es lo que mancha al hombre.”

(Mt 15,17-18)

El título de este artículo es deliberadamente ambiguo, porque “papel” podría significar un rol que se desempeña o ese papel tan útil que viene en un rollo y usamos en nuestros baños. Quisiera reflexionar sobre ambos sentidos. Y aunque se trata de un tema que apunta a nuestra cruda realidad coprológica, el papel higiénico es una de las mayores bendiciones que tenemos, y quienes cumplen con los “papeles higiénicos” en nuestras vidas nos brindan los servicios más importantes.

Yo he sido obligado a cumplir un gran papel higiénico al construir o remodelar los baños de casas y colegios, invirtiendo cientos de miles de dólares. Buenos baños son mucho más importantes que las aulas del bachillerato técnico humanístico. Yo quisiera atender necesidades espirituales, pero el cuerpo es primero y el alma después. Nadie puede dedicarse a la oración cuando necesita ir al baño. ¡Y si estando allí se acaba el papel higiénico antes de que se acabe lo que sale del trasero, van a pedir a Dios que envíe a alguien al infierno!

Menos mal que el confesionario es una especie de letrina espiritual, y el sacerdote cumple un papel higiénico entregándonos un pedacito de papel llamado “penitencia” para purificarnos de todo lo asqueroso de nuestras vidas, como si fuésemos niños pequeños aprendiendo a superar los pañales.

Recuerdo que cuando tenía tres o cuatro años, nuestra casa —una finca lechera en Estados Unidos— no tenía baño interior. La letrina antigua estaba a buena distancia, supongo que para alejar los olores, aunque resultaba muy incómoda durante las lluvias y en nuestro invierno ártico. Mi papá cavó un nuevo pozo y construyó una casita; el asiento tenía dos niveles y tres huecos perfectamente redondos, de diferentes tamaños. Detrás se plantó un arbusto de lila que, en flor, era muy hermoso y emitía una fragancia elegante. Servían de papel higiénico los catálogos que enviaban las grandes tiendas departamentales, con todo tipo de productos: juguetes, material escolar y ropa interior.

Pocos años después hicimos grandes remodelaciones en la casa, incorporando un baño interior con un inodoro y su dispensador de papel higiénico. Seguimos usando la letrina exterior, pues llegamos a ser trece personas entre mis padres y mis diez hermanos. Hubo más de una pelea por el acceso a ese nuevo baño.

Nuestra ropa interior es la más privada y, a la vez, la más importante; de manera similar, este cuarto más privado es también el más esencial. Vale la pena hacerlo suficientemente amplio y de buena calidad: que el agua de la ducha no caiga sobre el inodoro ni sobre el papel higiénico, y que este esté ubicado a un costado de fácil acceso. Que haya espacio para guardar papel extra, toallas y todos los artículos, tanto de mujeres como de varones, para la higiene, atención y belleza personal.

La “vanidad” debe tener un buen espejo. No es vanidad si no se exagera, sino una condición necesaria para cumplir con el mandamiento de amar al prójimo como a uno mismo, porque primero hay que amarse a uno mismo. Y este amor significa realizar un papel higiénico contigo mismo: bañarse bien, peinarse, cuidar la apariencia, quizás usar un poco de perfume o maquillaje. No exagerar ni falsificar, pero sí cuidar, amar y mostrar la belleza propia que Dios te regaló.

El baño debe tener espacio para todo esto, además de eliminar lo que es asqueroso de manera eficiente. Se llama “inodoro” porque su diseño evita el olor. La curva en “S” de los drenajes tiene la misma función, aunque puede obstruirse por acumulación de cabellos o de cosas indebidas; por eso, su mantenimiento es imprescindible.

Al criarme en una finca lechera en Wisconsin, compartía con mi familia la alegría de los trabajos diarios. En cierto momento ampliamos la granja donde ordeñábamos las vacas. La instalación de un sistema mecanizado para retirar ese otro producto de las vacas —que destinábamos a los chacos como abono— fue una gran mejora. Al encender un interruptor, todo era llevado al esparcidor de estiércol, excepto lo de los corrales interiores de terneros y del área exterior de los potreros. Mis hermanos y yo fuimos muy eficientes en mantener todas estas áreas limpias para las inspecciones de la cooperativa de queso, y desde temprana edad manejábamos tractores y toda la maquinaria con responsabilidad.

A mis trece años entré al Seminario, donde vivíamos internados. Contábamos con excelentes baños, y nos tocaba mantenerlos limpios. En la etapa universitaria trabajaba en el seminario para pagar mis estudios, tanto en las áreas interiores como en los amplios jardines alrededor. Saber manejar tractores y no tener miedo de ensuciarse las manos —como algunos muchachos de ciudad— era una gran ventaja. Limpiaba y arreglaba baños, cortaba el césped, plantaba flores y echaba abono.

Pasaron los años y llegué como sacerdote misionero a Bolivia, a la Parroquia La Santa Cruz, donde tuve que compartir el baño con el párroco hasta que, después de trece años, pude construir una nueva casa parroquial con baños privados en cada habitación.

El empresario don Milton Parra Parrada, quien donó los terrenos para el nuevo Seminario y la Universidad Católica, me contó cómo él, siendo niño pobre, fue trabajando y mejorando su situación hasta hacerse gran empresario. Tenía la idea de sacar abono de las lagunas de oxidación en Santa Cruz y vender fertilizante: “Me haré rico con lo que otros botan”, decía. Falleció demasiado joven.

Ser misionero norteamericano en Bolivia, aun con mis humildes orígenes campesinos, siempre ha sido difícil, porque en muchas partes faltan baños dignos y abundan las oportunidades para sufrir diarrea. Recuerdo los primeros viajes en flota y la cochinera de los baños a cuclillas donde descansábamos a media ruta. ¿Cómo vendrán turistas a ver las maravillas de Bolivia si esta es la forma de darles la bienvenida? ¡Y ese horrible papel higiénico! Por un lado se deshace como papel crepé, y por el otro es como lijar madera en el área más delicada de la anatomía.

Como obispo auxiliar de Cochabamba, celebraba confirmaciones en comunidades de los cocaleros del Polígono Siete y entre los trinitarios del TIPNIS. Los originarios del oriente me construyeron nuevos baños casi como mi papá hizo cuando yo era niño, colocando un toco con su hueco para mi trasero episcopal, donde podía sentarme cómodo y hacer mis necesidades. En cambio, los migrantes del interior solo señalaban un lugar cochino donde era casi imposible no ensuciar mi ropa clerical ni levantarme después. Y luego me preguntaban:

—“Monseñor, ¿cuándo va a volver a visitarnos?”

—“¡Cuando haya baños dignos del ser humano!”

No hace mucho, un empresario conocido por su fábrica de papel higiénico abrió una sucursal del Banco Económico en San Ignacio de Velasco. Envié a un padrecito para la bendición, porque no podía llegar a tiempo. Al final me presenté para felicitarlo y le comenté:

—“¡Cuánto quisiera poder usar en Bolivia un buen papel higiénico como el Charmin Ultra Fuerte Ultra Suave de Estados Unidos!”

Me respondió:

—“Nosotros hacemos uno mejor: Finesse.”

Entonces mandé comprarlo para mi propio baño. Después de probar el producto, lamento decir que lo dicho por el exitoso empresario fue pura... bueno, pura michi. Perdón.

Hemos aguantado interminables discursos cargados de material fecal, llenando al ignorante de odio para que crea que todos sus males provienen del racismo, del separatismo, del saqueo o de un colonialismo ya inexistente. Como decía Jesús: “Son ciegos que guían a otros ciegos. Pero si un ciego guía a otro, los dos caerán en un pozo” (Mt 15,14); a lo mejor, será un pozo ciego. “Del corazón proceden las malas intenciones, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios y las difamaciones” (Mt 15,19).

¿Acaso el papel de la justicia no es higiene social? La alcantarilla de nuestra justicia está completamente trancada. Y quienes están sentados en sus tronos no se dan cuenta de que ellos mismos necesitan hacerse un buen análisis coproparasitológico para entender por qué están ensuciando no solo sus despachos, sino toda la nación.

Felicitamos a Rodrigo Paz y Edmundo Lara por su victoria en la elección para gobernar Bolivia. Es evidente que el pueblo boliviano quiere que, entre sus muchas responsabilidades, asuman un papel higiénico. Fue precisamente eso lo que lanzó al capitán Lara a la política, cuando se trancaron los inodoros de la Policía. En vez de ayudarlo con un desatascador, el comandante intentó encerrarlo en el baño con la llave de Holguín, mientras seguía acumulándose toda esa hedionda materia fecal que producía la institución bajo su mando.

Quizás el nuevo gobierno de Rodrigo Paz podrá distribuir en este país unos excelentes papeles higiénicos que combinen fuerza y suavidad, para purificar nuestros traseros y cambiar nuestros pañales, mientras construimos baños decentes. Al salir de ellos podremos darnos la mano y hasta abrazarnos como hermanos y amigos, habiendo hecho un poco de higiene de corazón y alma también.

“¡Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados!”

“¡Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia!”

“¡Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios!”

“¡Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios!” (Mt 5,6-9).

Y si trabajan por Rodrigo Paz, ojalá sean hijos de Dios también.

Dios te bendiga.

Mons. Roberto Flock | Columnista
Más información