Se considera propio de la naturaleza humana odiar a los ricos, sentir envidia por lo que ganan, considerar injusto que unos tengan tanto y otros nada y pensar que lo ideal sería quitarles todo, repartirlo entre los pobres, porque está instalada en la “sabiduría popular” la idea de que quien acumula mucho es porque ha robado, ha engañado y ha hecho trampa. Pero esa es una idea equivocada. Y peor aún: es una idea dañina. No construye riqueza, no genera oportunidades, no saca a nadie de la pobreza. Solo alimenta resentimiento y sirve a proyectos políticos que prosperan mientras la gente sigue estancada.
La historia demuestra que allí donde se permite producir, invertir, arriesgar y obtener ganancias, los pobres mejoran. Allí donde se castiga el éxito, los pobres permanecen pobres. No es ideología: son datos. Entre 1820 y 2020, los países que adoptaron sistemas de mercado redujeron la pobreza extrema del 80% al 10%. En cambio, las naciones que intentaron imponer “igualdad” por decreto —la URSS, Cuba, Corea del Norte, Venezuela— generaron escasez crónica, colas y represión.
¿Por qué es saludable que existan ricos? Porque la riqueza no es un juego de suma cero. La ganancia de uno no implica la pérdida de otro. Cuando una persona crea una empresa, toma riesgos, contrata trabajadores, compra insumos, paga impuestos, crea cadenas de valor. El lucro —palabra demonizada desde el socialismo— es el motor que impulsa la innovación. Sin lucro no tendríamos celulares, medicamentos, transporte aéreo barato ni alimentos abundantes. Todo eso fue creado por personas buscando beneficios, no por burócratas redactando discursos sobre “justicia social”.
Un ejemplo clásico: en 1970, un pasaje aéreo Nueva York–Los Ángeles costaba más de 600 dólares (equivalentes a unos 4.000 actuales). Hoy puede costar 150. ¿Por qué? Competencia, inversión privada, acumulación de capital, búsqueda de ganancias. Otro dato: entre 1990 y 2020, más de 1.000 millones de personas salieron de la pobreza en China, no gracias al comunismo, sino gracias a la apertura económica, a permitir que individuos se enriquecieran.
Decir esto no significa canonizar al “rico epulón”, como si cada millonario fuera un santo. No lo son. Hay abusos, hay privilegios, hay corrupción. Pero esos casos deben combatirse con instituciones, no con discursos que demonizan la riqueza en sí misma. Lo que necesitamos defender es el sistema que, imperfecto como es, ha demostrado ser el único capaz de multiplicar oportunidades: el capitalismo.
El gran problema es que a los pobres se les ha inculcado, durante décadas, la idea de que riqueza equivale a pecado. Desde la ONU hasta muchas ONGs repiten narrativas asistencialistas que no sacan a nadie adelante.
La pobreza no es un defecto moral, no es culpa del pobre. Es el resultado de malas ideas: creer que el Estado debe dar todo, que el empresario es enemigo, que las ganancias deben prohibirse, que la igualdad debe imponerse. Esas ideas aplastan el potencial humano y condenan a generaciones enteras a depender del poder político.
Defender el capitalismo no es defender a los millonarios; es defender la libertad de todos para crear, intentar, fallar, volver a intentar y mejorar. Es defender un sistema que expande oportunidades, no que las restringe. La verdadera injusticia no es que unos tengan mucho, sino que millones no puedan aspirar a más por culpa de ideas que, bajo la excusa de ayudarles, los mantienen exactamente donde están: pobres.