Se toma ya a burla, a meme, a elaboración de vídeos en redes, el hecho de que para cada año muchos suelen hacer propósitos para el año entrante y luego, pasan los días, e increíblemente, los años, con nuestra perspectiva adulta de rapidez, y un año terminó pareciéndose a otro. Aún más triste: el tiempo es un recurso natural no renovable, y decían las abuelitas, el tiempo perdido hasta los santos lo lloran, (San Juan María Vianney, hizo vida esta frase). ¿Por qué pasa esto? Porque no tenemos una meta realmente clara: Se suele preguntar ¿Cómo crees que obtendrías más? 60 % de voluntad y 40 % de deseo, o, 60 % de deseo y 40 % de voluntad. La mayoría responde con el primer porcentaje, pero la realidad es que la voluntad flaquea, mientras que del deseo se obtiene voluntad. Decía Nietzsche que cuando uno tiene un porqué no le interesa el cómo, queriendo decir con esto que una meta clara nos ayuda a sacar fuerzas, y que del deseo se saca voluntad.
¿Y cuáles han de ser las metas reales del cristiano según la Iglesia?
El sentido de la vida cristiana, desde la perspectiva de la fe católica, es:
1. Conocer a Dios.
2. Amar a Dios con todo nuestro corazón, alma y mente.
3. Servir a nuestro prójimo con amor y caridad.
4. Buscar nuestra salvación y la de los demás.
Para el cristiano, la vida es un don y se nos invita a vivirla en plenitud. ¿Cómo? Este camino hacia el propósito se logra a través de las acciones cotidianas: la oración, la práctica de los Sacramentos y el amor al prójimo, tal como enseña el Evangelio de Jesús. En Mt 22, 37-39, Jesús nos dice que el primer mandamiento es amar a Dios y el segundo como a nosotros mismos.
¿Por qué es tan importante saber nuestro propósito como cristianos?
Saberlo nos ayuda a enfocar todos nuestros esfuerzos en lo que real y exclusivamente importa: “Mas busquen primeramente el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas” (Mt 6,33), esta enseñanza nos invita a concienciar que todo lo demás viene por añadidura.
Esta vida es pasajera, no nos pertenece, y, daremos cuenta de ella. No sabemos tampoco cuánto tiempo nos queda, internalizarlo nos hará ver lo que es realmente relevante en la vida y lo que no.
El Concilio Vaticano II afirma: existe una "Llamada Universal a la Santidad". Esto significa que cada uno de nosotros, sea cual sea nuestro estado de vida, en la vida diaria, estamos llamados a ser santos. Ser santo, en esencia, significa amar perfectamente y vivir en unión con la voluntad de Dios. Alcanzar esta meta conlleva:
1. Vivir en Gracia (los Sacramentos): Nadie puede llegar a ser santo por sus propias fuerzas; es necesaria la Gracia de Dios. Su principal fuente, la Eucaristía: Es el "alimento" del santo. Asistir a Misa, no solo los domingos sino tan frecuentemente como sea posible, y recibir la comunión es vital, nos fortalece.
Confesión (Reconciliación) tan frecuente como nos sea posible. Santo no es el que nunca cae, sino el que siempre se levanta. La confesión regular nos ayuda a limpiar el alma y da fuerzas para luchar contra el pecado y los vicios.
2. La Oración: Santa Teresa de Jesús definía la oración como "tratar de amistad con quien sabemos nos ama". No se trata solo de repetir fórmulas, sino de hablar con Dios día a día. Lo ideal es dedicar un tiempo, aunque sean 15 minutos diarios, al silencio interior para escuchar a Dios.
3. Santificar lo Ordinario. Esto es clave para la mayoría de nosotros: No se necesita ir a tierras lejanas a misionar para ser santo; se puede serlo en la cotidianidad, en el trabajo o en la casa.
Hacer lo que se tiene que hacer, por amor: Algo tan sencillo como lavar platos, trabajar en una oficina o estudiando, con perfección humana y ofrecérselo a Dios.
La caridad empieza en casa: La paciencia con los familiares, el buen trato al vecino, la honestidad en los negocios. La santidad se fragua en los detalles pequeños.
4. La práctica de las Virtudes
La santidad es como un músculo que se ejercita a través de las virtudes teologales: Fe, Esperanza y Caridad, y las Cardinales: Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza.
Se puede elegir una virtud que cueste (por ejemplo, la paciencia) y trabajar específicamente en ella durante una temporada.
5. La devoción a María: varios santos, entre ellos el Beato Santiago Alberione, constatan con sus vidas que María es el camino más rápido, fácil y seguro para llegar a Jesús. Acudir a ella, rezar el Rosario y pedir su intercesión ayuda a mantener el rumbo hacia su Hijo. Rezar a la advocación propia del lugar o país ayuda, porque así expresamos nuestro reconocimiento al hecho de que ella, a pesar de ser madre universal, conoce bien el contexto en el que vivimos la fe.
6. Aceptar la Cruz: No hay santidad sin cruz. Esto no significa buscar el sufrimiento, sino aceptar desde la fe las dificultades de la vida (enfermedades, problemas económicos, crisis) con paz y uniéndolas a los sufrimientos de Cristo por la salvación del mundo, es el llamado "sentido redentor del sufrimiento". En lo posible, en nuestra cotidianidad, hemos de buscar ser buena persona, justos y caritativos. Un paso fácil y necesario es hacer oraciones cortas pero frecuentes durante el día (jaculatorias). Por último, vivir las promesas del bautismo renunciando al mal. El resto, como indiqué antes, vendrá por añadidura. Dios con nosotros