Enfoque Internacional

¡Vengan por mí!

Enfoque Internacional | | 2026-01-09 07:16:37

Tras el fraude electoral de 2024, Nicolás Maduro lanzó un desafío abierto: “¡Vengan por mí! Aquí los espero en Miraflores”. Luego de amenazas contra Washington y de un discurso nacionalista cada vez más agresivo, Estados Unidos inició operaciones en el Caribe en 2025. El mundo despertó el 3 de enero de 2026 con una noticia histórica: la captura del dictador venezolano Nicolás Maduro y de su esposa, Cilia Flores.

Durante los meses previos, Maduro recurrió a una retórica beligerante que osciló entre insultos a la oposición y acusaciones directas contra el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, a quien señaló de querer “manchar de sangre” las manos de Donald Trump. Paralelamente, intentó mostrarse como un líder pacificador: promovió la consigna “No war, yes peace”, organizó actos multitudinarios y convocó cumbres por la paz. Lejos de fortalecerlo, estas acciones evidenciaron su creciente desesperación.

La literatura sobre transiciones a la democracia ha estudiado el rol de potencias extranjeras como catalizadoras de cambios en regímenes autoritarios. Autores como Huntington, Linz, Stepan, Diamint y Pion-Berlin analizaron cómo la presión internacional contribuyó a la caída de los autoritarismos del siglo XX. En América Latina, el caso más comparable es el de Manuel Antonio Noriega, capturado el 3 de enero de 1989 tras la intervención estadounidense en Panamá.

En diciembre de 2025, Trump y Maduro sostuvieron una conversación telefónica con el objetivo de explorar una salida negociada que evitara una invasión, muertes civiles y mayores daños materiales. La propuesta incluía un gobierno de transición, elecciones libres y la liberación de presos políticos. La negativa de Maduro a abandonar el poder, sumada a su retórica hostil hacia Washington, precipitó su captura.

Cuando un régimen colapsa, los actores políticos y los grupos de poder se reacomodan. Las transiciones pactadas suelen ser graduales, no rupturas abruptas: se establece un gobierno de transición y se amplían progresivamente las libertades civiles. Sin embargo, el caso venezolano parece apartarse de este modelo.

Las facciones del chavismo buscarán preservar la estructura autoritaria bajo un nuevo liderazgo. Aunque el Partido Socialista Unido de Venezuela mantiene el control institucional, existen disputas internas por el poder. La vicepresidenta Delcy Rodríguez ha asumido el mando de forma constitucional, pero figuras como Diosdado Cabello —ministro del Interior y operador central de la represión— aspiran a heredar el control del régimen.

La eventual formación de un gobierno transicional chavista difícilmente traerá estabilidad. Podría acelerar el colapso del sistema o, por el contrario, radicalizarlo. A ello se suma la presión de actores clave: el empresariado afín al madurismo, grupos criminales vinculados al poder, la cúpula militar y las bases del partido, todos interesados en preservar privilegios.

Las Fuerzas Armadas continúan siendo la columna vertebral del régimen. Las protestas posteriores a las elecciones de 2024 —en las que el chavismo nunca presentó las actas que acreditaran su supuesto triunfo— fueron reprimidas por militares, policías y grupos paramilitares. Hugo Chávez dejó como herencia un país profundamente militarizado, donde las Fuerzas Armadas desempeñan funciones civiles y sostienen el poder mediante la coerción.

En cuanto a la oposición, persiste la incertidumbre sobre el futuro de Edmundo González Urrutia, ganador de las elecciones de 2024, y de la Premio Nobel de la Paz María Corina Machado. Las condiciones políticas aún no permiten que asuman la conducción del país. Como advirtió Guillermo O’Donnell, “la transición es el intervalo indefinido entre un régimen y otra cosa”.

Incluso Trump señaló en una entrevista con Fox News que Estados Unidos no podía arriesgarse a que “alguien más se haga cargo de lo que Maduro dejó”. Esta declaración abre la posibilidad de una intervención más directa para reconfigurar el régimen, como ocurrió en Panamá, Haití o Guatemala.

La caída del tirano no es el final, sino el inicio de un periodo de profunda incertidumbre. Maduro fue el rostro más visible del autoritarismo, pero no su pilar único. La maquinaria chavista sigue activa, con engranajes menos visibles que definirán si Venezuela avanza hacia la democracia o se hunde en una nueva fase de autoritarismo.

Sebastián Godínez Rivera - Latinoamérica21