Es hora de decirlo con claridad: ojalá estemos presenciando los últimos pataleos de la Central Obrera Boliviana (COB) y del sindicalismo parasitario que ha mantenido de rodillas a este país durante décadas. La COB no es ni fue jamás la gloriosa entidad que algunos recuerdan con nostalgia; su historia está plagada de manipulación, chantaje y complicidad con los gobiernos que se alternaron en el poder para saquear Bolivia bajo la bandera del nacionalismo popular.
El sindicalismo boliviano moderno nació como un instrumento del Estado. Inspirado en modelos similares a los de Perón en Argentina, el nacionalismo revolucionario capturó los sindicatos para transformarlos en una maquinaria de poder y privilegios. La COB no surgió para defender al trabajador, sino para controlar, parasitar y consolidar un grupo dirigente que viviera del Estado. La narrativa de “días gloriosos” es pura farsa: nunca buscó una Bolivia productiva, sino un país estatista donde sus líderes pudieran gozar de privilegios y mantener un sistema de dependencia y chantaje.
La COB y sus satélites crearon empresas estatales no para industrializar el país ni generar empleo digno, sino para apropiarse de recursos y controlar sectores estratégicos. La destrucción de la economía productiva no fue un accidente: fue consecuencia directa de un sindicalismo mafioso que convirtió la defensa de los trabajadores en la defensa de sus propios bolsillos. Las cifras hablan por sí mismas: hoy más del 85% del empleo es informal, los asalariados reciben remuneraciones muy bajas y los sectores productivos apenas crecen. El sindicalismo, lejos de representar a la mayoría, siempre se preocupó por una élite que administra los fondos y los recursos de todos los bolivianos.
La complicidad con el MAS entre 2006 y 2025 fue emblemática. Durante casi 20 años, la COB actuó como co-gobernante, aprobando políticas que destruyeron la industria, precarizaron el empleo y fortalecieron sectores extractivos y financieros. Los bonos y el microcrédito no fueron medidas de justicia social, sino mecanismos para encubrir la incapacidad del Estado y del sindicalismo para generar empleo productivo.
Hoy la COB reclama “Bolivia no se vende” mientras bloquea carreteras, utiliza dinamita y amenaza a la población para mantener su parasitismo. Rodrigo Paz ha denunciado que 50 dirigentes sindicales ganan más de $us 18 millones al año. Este es el verdadero rostro de un sindicalismo mafioso que durante décadas secuestró al Estado y asfixió a la economía.
Es hora de cortar el financiamiento, de cerrar el grifo a este sistema de privilegios. La medida de hacer voluntarios los aportes a los sindicatos es una oportunidad histórica para debilitar el parasitismo sindical. No se trata de defender al Gobierno, sino a la gente; se trata de terminar con un régimen que ha saqueado Bolivia desde hace 40 años, y que sigue aferrándose al poder bajo el eufemismo de la representación social.
La COB no representa a la Bolivia real: el país es mayoritariamente urbano, con trabajadores autónomos, microemprendedores e informales que no dependen de sindicatos que los chantajeen o bloqueen su vida productiva. La influencia de la COB sobre la economía formal es mínima y su discurso de defensa del trabajador es tan vacío como sus propuestas de desarrollo.