Cuando la húngara Ilona Staller, más conocida como la Cicciolina se postuló y ganó un escaño en el parlamento italiano en 1987, nadie la rebautizó ni la maquilló con adjetivos benévolos. Siempre fue presentada como lo que era: una actriz porno convertida en diputada, con polémica, debate y datos sobre la mesa. En Bolivia nos fascinan los eufemismos y las biografías edulcoradas. Un productor de contenidos acaba de publicar en su cuenta de Facebook que Mayté Flores es una “joven proveniente de sectores sociales y económicos bajos, que ha alcanzado reconocimiento por su sencillez, sinceridad y acciones sociales concretas. Su popularidad no depende de estrategias mediáticas sofisticadas, sino de una autenticidad que conecta con la gente" (Jorge García). Con esa misma lógica fue que los bolivianos elegimos en el 2006 a un narcotraficante como presidente, lo defendimos con discursos de identidad, pueblo y humildad, y tardamos casi 20 años en llamarlo por su nombre. Para cuando lo hicimos, el daño ya estaba hecho: instituciones capturadas, economía debilitada y un país, literalmente, en calzoncillos.