No nos engañemos. Lo ocurrido en Bolivia tras más de una semana de bloqueos no fue una victoria del diálogo ni un triunfo de la democracia. Fue, una vez más, la confirmación brutal de que el país sigue secuestrado por una lógica de extorsión de mafias que han convertido el bloqueo en su principal herramienta de poder.
El país fue prácticamente asfixiado. Rutas cerradas, alimentos encarecidos, exportaciones paralizadas, industrias detenidas y pérdidas millonarias. Y aun así, desde ciertos discursos se intenta presentar el desenlace como algo positivo, como una señal de madurez democrática. Esa lectura no sólo es ingenua, es peligrosa. Porque normaliza el chantaje y legitima la coerción como método de negociación política.
Aquí hubo un ganador claro y no hay forma honesta de negarlo. Ganaron los mafiosos del corporativismo sindical, que no producen, pero deciden; que no construyen, pero imponen. Ganaron los mismos sectores que durante casi veinte años destruyeron la institucionalidad del país, vaciaron la democracia de contenido y la reemplazaron por el gobierno de la calle y del bloqueo.
Ganaron los facinerosos que han hecho de la paralización del país un modo de vida. Esos grupos parasitarios que integraron y sostuvieron un régimen que comenzó en 2006 y que terminó por erosionar todo: la economía, las instituciones, la cultura democrática. La democracia que tanto costó recuperar en 1982 y consolidar en 1985 fue dinamitada cuando el poder dejó de estar en las leyes y pasó a estar en la capacidad de cerrar caminos.
Hoy existe la esperanza de que Bolivia pueda reconstruirse a partir de un proyecto serio, realista, que le diga la verdad a la gente. Pero cuesta sostener esa esperanza cuando los mismos de siempre siguen teniendo la capacidad de paralizar el país en cuestión de horas. La maquinaria del bloqueo sigue intacta y aceitada.
Llamemos a las cosas por su nombre. No hubo diálogo. Hubo extorsión, coerción, amenaza directa al funcionamiento del país. Y frente a eso, la mirada contemplativa no ayuda en absoluto. Al contrario, consolida la idea de que este mecanismo funciona y seguirá funcionando. Mientras no se diga basta, Bolivia seguirá siendo rehén.
Este Gobierno podrá tener buenas intenciones y voluntad de hacer las cosas bien, pero el margen de acción es mínimo mientras el poder real siga en manos de quienes gobiernan desde el bloqueo. Las reformas que el país necesita son profundas e inevitables: achicar el Estado, reformar la ley de hidrocarburos, abrir Bolivia a la inversión extranjera, cambiar una legislación laboral que espanta a cualquier inversor serio. Con este modelo estatista y prebendal, Bolivia es inviable.
La historia es conocida, lo vienen haciendo desde hace décadas. Cada intento de reforma se encuentra con el mismo muro: bloqueo, amenaza, imposición. No entienden de diálogo porque nunca lo necesitaron. Siempre se impusieron.
No nos engañemos otra vez. Bolivia no está gobernada desde el Palacio. Está gobernada desde el bloqueo. Mientras eso no cambie, seguiremos siendo rehenes de los movimientos sociales, del sindicalismo `parasitario y de una lógica que condena al país a la parálisis permanente.