Mientras Venezuela despierta a un verano político inesperado, Cuba sigue atrapada en una larga noche que algunos ya sueñan con ver terminar antes de Navidad. La captura de Nicolás Maduro marcó un punto de quiebre regional: no solo abrió una transición democrática en Caracas, sino que dejó a La Habana sin su sostén vital. El castrismo, acostumbrado a sobrevivir de subsidios ajenos, hoy exhibe una fragilidad inédita. Recientes declaraciones filtradas por el Wall Street Journal y que hablan de una solución en Cuba antes de fin de año, reflejan algo más que intenciones: muestran un clima político en Washington convencido de que el efecto dominó es posible. Venezuela empieza a proyectar crecimiento, inversiones y recuperación económica; Cuba, en cambio, enfrenta escasez, miedo y represión como únicas respuestas del régimen. La expectativa no es ingenua ni automática. Nadie promete milagros, pero el contraste es evidente: donde cae una dictadura, asoma la esperanza. Para los venezolanos, el calor del cambio ya se siente. Para los cubanos, quizá esta vez la Navidad no sea solo una metáfora.