Cuando Javier Milei afirma en Davos que América será el “faro de luz” de Occidente y reivindica a Estados Unidos como su principal sostén, la reacción automática de muchos es la sospecha: ¿exagera?, ¿lo hace por conveniencia política?, ¿es solo afinidad ideológica con Donald Trump?, ¿o responde a una necesidad económica de Argentina? La respuesta honesta es que hay algo de todo eso, pero, sobre todo, hay una lectura correcta del momento histórico que atraviesa el mundo.
Milei habla así porque Occidente está en una fase de debilitamiento interno sin precedentes. Democracia liberal, libertad de expresión, igualdad ante la ley, derechos individuales y tolerancia no están siendo atacados principalmente por enemigos externos, sino por corrientes internas que los relativizan, los vacían de contenido o directamente los consideran opresivos. El “wokismo” al que Milei apunta no es un invento retórico: es una ideología que cuestiona los fundamentos mismos que permiten que exista crítica, disenso y pluralismo.
¿Exagera Milei al advertir que Occidente está en peligro? Basta mirar el mundo real. Mientras en universidades, medios y foros occidentales se condena con furia a Israel, se justifica al terrorismo o se romantiza la causa palestina sin mirar la “letra chica”, casi nadie en esos mismos espacios condena con igual fuerza al régimen iraní, a la represión china o al autoritarismo ruso. La izquierda global es implacable con Estados Unidos, pero curiosamente indulgente con dictaduras que persiguen mujeres, encarcelan opositores, ejecutan disidentes y criminalizan la homosexualidad. Esa inversión de valores no es casual: es el síntoma de una civilización que duda de sí misma.
Milei tampoco defiende a Estados Unidos solo porque “ayuda” a Argentina. Esa explicación es demasiado pobre. Estados Unidos es, con todos sus defectos, el último gran muro de contención del orden occidental. Allí siguen existiendo libertades que en otras regiones ya desaparecieron o están seriamente amenazadas. La libertad de expresión, incluso para criticar al propio sistema; la libertad religiosa; la posibilidad de vivir sin miedo a ser encarcelado por opinar; derechos de minorías que en Oriente o en Rusia serían impensables. Todo eso existe porque hay un Occidente fuerte y porque Estados Unidos lo sostiene.
La prueba empírica es brutalmente simple: nadie huye hacia Oriente. Nadie escapa a China buscando libertad. Nadie arriesga su vida para llegar a Irán, Yemen o Rusia. Todo el mundo huye hacia Occidente, hacia Europa o hacia Estados Unidos. Y, sin embargo, desde esos mismos países occidentales se promueve un discurso autodestructivo que desprecia su propia civilización.
Occidente no es perfecto. Nunca lo fue. Grecia tuvo esclavos, Roma fue imperial, la cristiandad cometió excesos, Estados Unidos tiene errores históricos enormes. Pero Occidente es el único sistema que se permite criticar a sí mismo sin destruirse… salvo cuando esa crítica se transforma en odio a sus propios fundamentos. Milei no defiende un Occidente idealizado; defiende la única estructura que hace posible la libertad.
Cuando una civilización deja de creer en sí misma, otros deciden por ella. Si Occidente cae, no será reemplazado por algo mejor. Será reemplazado por regímenes donde la libertad que hoy se da por sentada simplemente no existe. Defender a Occidente, hoy, no es ideología. Es sentido común.