Clepsidra

Abolición inmediata del Estado

Abolición inmediata del Estado
Álvaro Riveros Tejada | Columnista
| 2026-02-04 07:09:33

La proposición que utilizamos para titular la presente entrega, además de parecer inaudita, pareciera surgir de un insólito razonamiento iniciado hace un siglo y medio por Mijaíl Bakunin, filósofo revolucionario ruso fundamental en la historia del anarquismo, fundador del anarcocolectivismo y rival intelectual de Karl Marx. Bakunin abogaba por la abolición inmediata del Estado y la religión, proponiendo, a su vez, una sociedad basada en la federación voluntaria de asociaciones de trabajadores; rechazaba el autoritarismo marxista argumentando que cualquier "dictadura del proletariado" inevitablemente se convertiría en una nueva forma de opresión estatal.

Asimismo, el “sabio ruso” sostenía que “la pasión por la destrucción es, al mismo tiempo, una pasión creadora". Para él, el viejo orden debía ser destruido por completo para construir una sociedad justa desde cero. Defendía la propiedad colectiva de la tierra y de los instrumentos de trabajo, pero con libertad individual, diferenciándose así del comunismo de Estado. De la misma manera, consideraba al Estado una máquina de violencia y opresión, y a la religión una forma de sumisión. Su célebre frase: "Si Dios existiera, habría que hacerlo desaparecer", resume su rechazo a toda autoridad superior.

Por alguna razón, los discernimientos de Bakunin nos traen a la memoria lo ocurrido en nuestra amada patria cuando, hace 19 años, confiamos a una Asamblea Constituyente —compuesta por supuestos reservistas morales de la humanidad— la redacción de una nueva Carta Magna en épocas de la borrachera pachamamista.

Recordamos que, durante un año, los asambleístas discutieron hasta la saciedad temas intrascendentes que, según ellos, modificarían de cuajo las viejas estructuras de nuestra nación para dar paso al «nuevo Estado». Se propuso el cambio de la bandera, del escudo y del nombre del país; se debatió si Bolivia era una nación o una juntucha de ellas; si la capital debía ser Sucre o La Paz; si se debía hablar español o existiría la obligatoriedad de expresarse en los 36 idiomas y dialectos existentes. Se cuestionó si se sustituirían los códigos romanos y napoleónicos por la «eficaz» justicia comunitaria de Ayo Ayo; si la autonomía departamental, votada y aprobada en multitudinarias elecciones, debía sintetizarse en autonomías familiares y así por delante, hasta recalar en terrenos de menor importancia para ellos, como la salud, la educación y la seguridad.

Los bolivianos, en su momento, teníamos muchas esperanzas en ese concilio constituyente. La unión y la paz de Bolivia tendrían que haber salido de él. Empero, tras casi dos décadas, al acercarnos a la celebración del bicentenario de nuestra amada República de Bolivia, vemos con pesar que aquellos valores de arduo trabajo, organización y unidad, forjados a sangre y fuego, fueron tirados por la borda.

Hoy, se plantean proyectos de ley para penalizar la infidelidad conyugal, mientras el presidente de ese hemiciclo y vicepresidente del Estado denuncia a su mujer por haberle sido infiel. Asimismo, ampliando el departamento de utilería de la “Casa del Pueblo” y disfrazado de mil personajes, dicho actor arremete contra el presidente del Estado con sandeces que exceden toda ridiculez, para luego disculparse y pedir una cita de avenimiento. Solo falta que, parafraseando al anarquista Bakunin, se le ocurra solicitar la abolición inmediata del Estado.

Álvaro Riveros Tejada | Columnista