Bolivia vive un "romance" político curioso: la gente no aplaude tanto lo que Rodrigo Paz hace, sino lo que dejó de ver. El país celebra, con un suspiro de alivio, la salida del MAS. Ese sentimiento es tan potente que el 78% de la población acepta el fin de la subvención a la gasolina, aunque le duela al bolsillo y el mandatario conserva un 65 por ciento de aprobación ciudadana. Es el precio que el ciudadano paga gustoso por no ver más bloqueos ni discursos de odio. En este tablero, Edman Lara se hundió. Quiso desgastar al presidente, pero terminó pareciéndose demasiado a Evo Morales: una figura del pasado asociada a la confrontación. Mientras tanto, el "cocalero" se desvanece; cada vez que aparece, el rechazo sube. Pero ojo, Rodrigo Paz no puede dormirse en los laureles. La gente festeja la esperanza, no los resultados, porque el aparato masista sigue ahí y los cambios reales no llegan. A poco de alcanzar los 100 días de gestión, el amor sigue intacto, pero es hora de pasar de las promesas a los hechos.