Cuando están por cumplirse cien días del gobierno de Rodrigo Paz, todavía se siente un aire de festejo, pero no se trata de una celebración por grandes logros obtenidos en este tiempo, ni por una gestión brillante o transformaciones que todavía se mantienen en el discurso. Es, más bien, un festejo extraño y revelador: el festejo de una ausencia. Bolivia sigue celebrando que el MAS ya no está en el poder, y esa sola condición explica buena parte del respaldo político que hoy sostiene al presidente.
El país está aliviado porque terminó una etapa marcada por la confrontación permanente, la amenaza del bloqueo, el lenguaje grosero convertido en herramienta política y la persecución como método de control. Ese alivio se traduce en paciencia, tolerancia y, en algunos casos, en una indulgencia que roza el cheque en blanco.
Un 78% de respaldo a la eliminación de la subvención a los combustibles no es un dato técnico: es un dato político. La sociedad está aceptando un golpe directo al bolsillo porque prefiere el rigor económico antes que el regreso al caos, al chantaje corporativo y a la política del cerco. No es entusiasmo: es pragmatismo defensivo.
Este clima explica también por qué el intento de desgaste impulsado por Edman Lara fracasó de manera estrepitosa. Lara apostó a erosionar la figura de Rodrigo Paz, pero terminó chocando contra una realidad incómoda: la gente lo percibe como pasado. Su discurso, su tono y su lógica política lo colocan, a los ojos de la ciudadanía, en el mismo estante que Evo Morales.
El rechazo al “cocalero” ya no necesita ser ruidoso para ser contundente. Evo Morales se ha ido desdibujando no por persecución, sino por falta de espacio político. Cada vez que aparece, el rechazo crece. El país ya no quiere bloqueos, y no es casual que seis de cada diez bolivianos respalden sanciones severas contra quienes paralizan caminos. Las organizaciones sociales que cogobernaron durante años dejaron de ser vistas como representantes populares y pasaron a ser percibidas como instrumentos de presión abusiva.
Edman Lara paga el costo de no haber entendido ese cambio de clima. Cada intervención suya no desgasta al gobierno: reactiva el recuerdo de lo que muchos quieren dejar atrás. En ese sentido, su figura funciona como un espejo incómodo del pasado.
Sin embargo, sería un grave error confundir alivio con satisfacción. El “romance” entre Rodrigo Paz y la opinión pública se sostiene sobre expectativas, no sobre resultados. Hasta ahora, el gobierno ha sido fuerte en anuncios y débil en hechos. El aparato burocrático heredado del MAS sigue mayoritariamente intacto, muchas de las viejas prácticas sobreviven y los cambios estructurales aún no se ven.
Los cien días suelen marcar una luna de miel. A partir de aquí, ya no alcanzará con no ser el MAS. El desafío es convertir la esperanza en transformaciones concretas: desmontar la burocracia ineficiente, transparentar la gestión, demostrar que el sacrificio económico tiene sentido y que el fin de los subsidios no será solo un “mal necesario”, sino el inicio de una estabilidad real.
Bolivia ha hecho su parte. Aceptó ajustes duros, toleró la espera y apostó por la paz social. Ahora le toca a Rodrigo Paz demostrar que su gobierno no será recordado sólo como la administración de una ausencia, sino como el inicio efectivo de un cambio. Porque el alivio, si no se traduce en resultados, también se agota.