La civilización es, en esencia, un acuerdo: un conjunto de valores, normas y principios que permiten a millones de personas convivir sin matarse, debatir sin censura y progresar sin miedo. No es solo tecnología o riqueza; es cultura, derecho, educación y límites compartidos. Ese acuerdo hoy está en apuros. No porque falte gente en el planeta, sino porque falta gente en Occidente. Mientras Europa y Estados Unidos envejecen y tienen menos hijos, África y Medio Oriente concentran el crecimiento demográfico mundial. El dato suele leerse como una anécdota estadística o incluso como un alivio ambiental, pero es, sobre todo, un giro cultural de gran escala. La reducción de la natalidad no resolverá el cambio climático ni evitará crisis económicas. Lo dicen los propios expertos: el impacto será mínimo. El verdadero efecto está en otro lado. Las sociedades que más crecen no comparten, en general, los valores que hicieron posible la democracia liberal, la igualdad ante la ley o la tolerancia. Europa ya lo siente en sus calles, sus escuelas y su política. Una civilización que deja de reproducirse y de defenderse empieza, lentamente, a ceder su lugar. Y ninguna civilización sobrevive solo de buenas intenciones.