Los candidatos para las elecciones subnacionales se cuentan por decenas de miles, y los partidos políticos, junto a las agrupaciones con personería jurídica, suman decenas; algunas alianzas tienen carácter ad hoc, con el único propósito de ganar alcaldías y gobernaciones. En el registro de cada Tribunal Electoral Departamental (TED) figuran políticos reciclados, candidatos perdedores y repentinos aventureros intrépidos; pero los que nunca faltan son los "rotativos": aquellos que fueron, son a la fecha, pero quieren seguir siendo empleados públicos. Alcanzaron el rango de autoridades —creen merecer la reelección— y hacen de la función pública su forma de vida.
Entre los registrados se encuentran nombres nuevos: candidatos preocupados y contestatarios que recurren a ilusiones lejanas pero alcanzables "...si se administra con eficiencia y honradez". A pesar de las dudas que generan, logran remover el espectro político-electoral.
Ha comenzado el melodrama que se repite cada cinco años. Los candidatos afirman de entrada que nada está bien, aun cuando fueron protagonistas activos de la calamidad que censuran impávidos; su alevosa disconformidad les permite validar propuestas de modificaciones profundas. Las proclamaciones son una fiesta: les cuelgan guirnaldas, revientan petardos y caen del cielo luces multicolores. En esa exaltación exitista aseguran que serán elegidos: "¡Yo seré el nuevo gobernador!", gritan, fingiendo seguridad.
En medio de tal jolgorio, la sociedad se juega un futuro decisivo: el porvenir. Los postulantes presumen conocer de planificación regional, economía, desarrollo rural, urbanismo, sociología y tecnología; y, por supuesto, afirman conocer las necesidades de los ciudadanos, recogidas en cada barrio, provincia y comunidad. Así lo declaran en sus discursos y durante las entrevistas de televisión que —dicho sea de paso— en algunos programas se asemejan a burdos interrogatorios forenses.
Cuando les preguntan las razones de su empeño y los objetivos que persiguen, recitan abundantes promesas para mejorar la salud, educación, seguridad, transporte e incluso la cultura y recreación; aseguran que se acabarán los problemas. Son vehementes al anunciar qué harán, pero soslayan sagaces el "cuándo" y el "con qué dinero". "¡Exigiremos al gobierno que cumpla con el cincuenta-cincuenta!", exclaman con ingenuidad dichosa.
Por lo visto, candidatear será en todo tiempo la misma trivialidad; no hacen falta protocolos, manda el derecho a ser elegido. Sin embargo, parece necesario valorar de mejor manera la conciencia moral para ejercer el derecho político de elegir.
En los hechos, los candidatos ofrecen propuestas para que el votante juzgue y decida; para que aplique su criterio según su inteligencia y vote. Al final, la victoria se consigue por la suma de votos emitidos por simpatía, extremismo político, convicción, revanchismo o la expectativa de un cargo... vaya uno a saber. Según lo que predomine, se puede decir que cada ciudad tiene el alcalde que se merece o, como si fuera un reflejo social, elegirá al gobernador que se le parece. Ambos casos son resultado de circunstancias que los ciudadanos crean y reproducen, por acción u omisión. Al fin y al cabo, los alcaldes y gobernadores llegan al cargo bajo el influjo de las tendencias sociales dominantes.