El pasado domingo, en el Super Bowl, ocurrió algo más profundo que un show de medio tiempo, más significativo que una coreografía, más trascendente que un artista cantando en español. Ocurrió un gesto simbólico de enorme peso cultural y político: la cultura norteamericana, encarnada en el fútbol americano —uno de sus rituales más identitarios—, se detuvo, miró a los latinos y les cedió el centro del escenario. Fue un reconocimiento explícito. Un homenaje. Un “ustedes ya son parte”.
Para muchos el momento fue desconcertante. Se hablaba español, se cantaba en español, se celebraba una identidad que durante décadas fue periférica. Para otros, fue leído de forma simplista: Bad Bunny, lo latino de moda, el folclore convertido en espectáculo. Esa lectura se queda en la superficie. Bad Bunny no fue el mensaje. Fue el vehículo. Una pieza más dentro de una decisión tomada por la NFL y, en un sentido más amplio, por el sistema cultural norteamericano.
Estados Unidos no hace concesiones simbólicas por ingenuidad. Las hace cuando reconoce una realidad irreversible. Los latinos ya no son una minoría decorativa. Son hoy el grupo inmigrante más numeroso del país, superan los 65 millones de personas y representan cerca del 20% de la población. Pero más allá del número, lo decisivo es otra cosa: los latinos se integran.
A diferencia de lo que ocurre en Europa, donde la inmigración ilegal ha sido utilizada como herramienta política por elites progresistas que importan poblaciones culturalmente incompatibles con la civilización occidental, el caso latino en Estados Unidos es distinto. El latino trabaja, emprende, consume, cree en la familia, en la fe, en el esfuerzo, en la movilidad social. No llega a destruir el sistema, sino a ser parte de él.
Por eso es importante decirlo sin complejos: Donald Trump no está en contra de la inmigración, está en contra de la inmigración ilegal y del uso político de la migración como arma de desestabilización. Estados Unidos entiende que el problema no es el inmigrante latino, sino los regímenes autoritarios, las dictaduras, el narcotráfico y el estatismo que expulsan gente de sus países y la empujan a huir sin orden ni reglas.
Estados Unidos reconoce que su futuro demográfico, económico y cultural está íntimamente ligado a los latinos. Por otro lado, deja claro que su apuesta no es por el caos importado, sino por una comunidad que refuerce, y no debilite, los valores occidentales.
El verdadero orgullo latino no está en bailar en el entretiempo ni en figurar como tendencia global. Está en comprender que los latinos ya forman parte del sueño americano. Que son vistos como aliados culturales, no como amenaza. Que Estados Unidos haya vuelto su mirada hacia América Latina como socio estratégico para enfrentar dictaduras, narcotráfico, terrorismo y decadencia institucional.
Este es el momento latino. No para victimizarse, no para ideologizarlo todo, no para repetir consignas gastadas. Es un momento para asumir protagonismo, para integrarse con inteligencia, para defender la libertad, el trabajo y la democracia. Es una oportunidad histórica que no viene envuelta en discursos románticos, sino en hechos concretos.
Estados Unidos reconoce que su futuro demográfico, económico y cultural está íntimamente ligado a los latinos. Por otro lado, deja claro que su apuesta no es por el caos importado, sino por una comunidad que refuerce, y no debilite, los valores occidentales.