Hay crisis que se explican por factores económicos, por conflictos sociales o por presiones externas. Pero también existen crisis que se explican simplemente por torpeza. Lo que vive hoy el país parece cada vez más cercano a esta última categoría: un gobierno incapaz de resolver problemas básicos y, peor aún, incapaz de explicarlos con claridad.
El caso más evidente es el de la gasolina. Han pasado semanas —camino a dos meses— y el problema sigue exactamente en el mismo punto: colas interminables, quejas de los usuarios y sospechas sobre la calidad del combustible. Lo más grave es que cada “solución” anunciada termina empeorando la situación.
Un gobierno competente enfrenta los problemas y los resuelve. Un gobierno incompetente los administra mal. Pero un gobierno verdaderamente torpe logra algo peor: convierte cada dificultad en una crisis mayor. Eso es exactamente lo que ha ocurrido también con otros episodios recientes. El caso de los billetes transportados en avión, el accidente del Hércules y los rumores que lo rodearon, o las constantes contradicciones en la información oficial han dejado una sensación de improvisación permanente.
El denominador común en todos estos episodios es la comunicación. O, más bien, la ausencia de una estrategia de comunicación. En cualquier gobierno serio existen protocolos de manejo de crisis: quién habla, cuándo habla y qué información se entrega. Aquí ocurre lo contrario. Una autoridad dice una cosa, otra la desmiente y una tercera termina aclarando que todo fue “un error de comunicación”.
La lista de esos “errores” ya es demasiado larga. La vocería presidencial tuvo que retroceder públicamente tras anunciar por equivocación el restablecimiento de embajadores entre Bolivia y Chile. Otra viceministra debió retractarse después de emitir declaraciones sobre autonomías que el propio gobierno calificó también como “error de comunicación”. Y más recientemente, la viceministra de Igualdad de Oportunidades desató una tormenta política al afirmar que decidió no tener hijos para no “perder años en casa”, frase que luego tuvo que explicar diciendo que fue sacada de contexto.
Cuando un error ocurre una vez, puede ser una equivocación. Cuando ocurre repetidamente, es un síntoma. Y el síntoma es claro: no hay coordinación política ni comunicacional.
Un gobierno sin mando claro genera inevitablemente contradicciones. El presidente viaja con frecuencia, los ministros parecen actuar cada uno por su lado y el Ministerio de la Presidencia —que debería ser el centro de coordinación del poder— no logra ordenar el discurso del gabinete. El resultado es un coro desentonado donde cada funcionario improvisa su propia versión de los hechos.
La comunicación en política no es un asunto menor. No se trata de maquillaje ni propaganda. Es el mecanismo que permite transmitir certezas en medio de la incertidumbre. Cuando el gobierno falla en comunicar, lo que surge en su lugar son rumores, sospechas y desconfianza.
La pregunta ya no es solo si el gobierno podrá resolver problemas elementales. La pregunta es si alguna vez logrará siquiera entenderlos. Porque cuando un gobierno no sabe lo que ocurre dentro de su propio gabinete, difícilmente podrá gobernar un país.