Gravitas

147 años sin mar

147 años sin mar
Johnny Nogales Viruez | Abogado
| 2026-03-13 07:19:00

Cada 23 de marzo, Bolivia recuerda la pérdida de su condición marítima. La fecha se repite con la solemnidad de lo incuestionable y, con ella, una narrativa que ha terminado por instalarse no sólo en los discursos oficiales, sino también en la forma en que el país percibe el tema.

Ese recuerdo es legítimo.

Lo que merece revisión es la manera en que el país lo ha asumido.

Desde hace casi siglo y medio, el tema marítimo ha sido reducido a una versión simplificada de nuestra historia, sostenida por discursos que, aunque encendidos, duran menos que una salva de cohetes. Se lo invoca con intensidad, pero carece de continuidad. Se lo presenta como causa nacional, aunque nunca haya existido una estrategia nacional coherente y sostenida en el tiempo.

Más que una política marítima, Bolivia ha construido una narrativa marítima que, con los años, ha terminado ocupando el lugar que debió tener una política de Estado.

En ese proceso, la historia ha sido contada de manera selectiva. Hay hechos que se subrayan y otros que se silencian. El relato se concentra en la agresión, pero poco se dice de las decisiones internas que facilitaron la presencia extranjera en el litoral, ni del abandono prolongado de territorios cuya soberanía era más formal que efectiva en la práctica, en un país que apenas lograba ejercer autoridad real sobre su propio territorio.

Tampoco hemos sido del todo justos al recordar a quienes compartieron ese momento histórico con nosotros. El Perú no fue un espectador. Actuó en cumplimiento de un pacto y terminó pagando por ello un precio devastador. Sin embargo, ese gesto, que nos involucraba directamente, apenas aparece en los textos escolares y casi no forma parte de la memoria colectiva.

La construcción de una memoria nacional no debería basarse en omisiones, sino en la comprensión de los hechos.

A lo largo del tiempo, además, el tema marítimo ha sido utilizado como instrumento político, lo que termina por desvirtuar su dimensión histórica. Con frecuencia se lo ha enarbolado como bandera para exacerbar emociones y obtener adhesiones a causas partidarias o personales. Ha sido tratado como un recurso manido para conducir las frustraciones colectivas hacia un enemigo común y someterlas a fines políticos.

Esta lógica no ha sido exclusiva de un solo lado. También ha contribuido a alimentar, en ambos pueblos, la confrontación y la animadversión mutua, en lugar de abrir caminos de solución.

La demanda ante la Corte Internacional de Justicia fue presentada como una meta nacional incuestionable. Se la convirtió en una cruzada que sellaba como traidor a quien no la compartía. Se generaron expectativas que no correspondían a las condiciones reales del caso, y el resultado terminó evidenciando los límites y la equivocación estratégica de ese enfoque. Un viejo adagio recuerda que todo pecado es venial frente a mentirse a uno mismo.

Observar los hechos no implica renunciar al derecho de cuestionar el hecho histórico que privó a Bolivia de su acceso soberano al océano Pacífico. Ese derecho existe y forma parte de nuestra historia.

Pero una causa no se fortalece por la repetición de consignas, sino por la claridad con la que se la comprende. Y en ese punto conviene distinguir entre sostener una causa y desvirtuarla convirtiéndola en sustituto de un discurso político.

Recordar un agravio histórico puede mantener viva una causa; lo que no puede es sustituir el rumbo que permitiría resolverla.

Hoy, en un contexto distinto, se abre nuevamente un espacio de relación directa con Chile. La asistencia del presidente Rodrigo Paz Pereira a la toma de posesión del nuevo mandatario chileno, José Antonio Kast Rosy, y las reuniones entre los cancilleres pueden interpretarse como señales de apertura, pero podrían quedar en simples gestos si no están acompañadas de una visión distinta.

En el fondo, se trata de decidir si estamos dispuestos a revisar lo que hemos hecho hasta ahora, o si preferimos seguir repitiéndolo. Persistir en lo mismo no sólo garantiza el mismo resultado; también prolonga el estancamiento y multiplica sus consecuencias.

La historia rara vez cambia por efecto de los discursos. Cambia cuando cambian las decisiones. Y lo que un país se niega a revisar termina, tarde o temprano, por convertirse en su propio límite.

Las naciones no quedan atrapadas en sus pérdidas. Quedan atrapadas en la forma en que deciden enfrentarlas.

Johnny Nogales Viruez | Abogado