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¿Cuánto engorda dormir mal? La ciencia lo aclara

Hoy, 13 de marzo, se celebra el Día Mundial del Sueño

Imagen referencial.
| La Razón | 2026-03-13 17:01:00

No es una cuestión baladí: el 43,3% de los españoles padece algún síntoma de insomnio y, según datos de un estudio de la Sociedad Española del Sueño (SES), un 14% de la población adulta de nuestro país sufre insomnio crónico, lo que supone un desgaste en la salud física, mental, social y laboral de quien lo sufre. De hecho, el 38% de la población afirma tener problemas de sueño de forma recurrente, y un 19% ocasionalmente, según el primer Barómetro sobre trastornos del sueño en España impulsado por Takeda.

Este escenario puede ayudar a entender por qué España se sitúa como el país con mayor consumo de benzodiacepinas a nivel mundial, un dato que refleja hasta qué punto el insomnio se aborda con frecuencia desde la prescripción farmacológica, buscando una solución externa. Sin embargo, aunque estos fármacos pueden aliviar el síntoma a corto y medio plazo, la realidad es que no corrigen la causa del problema y su uso prolongado se asocia a tolerancia y dependencia. En este sentido, los expertos abogan por abordar el insomnio no solo como un síntoma aislado, sino como un trastorno con implicaciones sistémicas y organizacionales, ya que esto permite avanzar hacia un modelo de atención más preventivo, racional y sostenible de una situación que, sin duda, ya representa un grave problema de salud pública.

Y las consecuencias de dormir mal, o poco, son claras, motivo por el que sigue siendo necesario celebrar el Día Mundial del Sueño el segundo sábado de marzo. De hecho, no dormir lo suficiente tiene una conexión más directa con vivir pocos años que la dieta o el ejercicio, según las conclusiones de un reciente estudio realizado por investigadores de la Universidad de Ciencias y Salud de Oregon (EE UU), que demuestra que un mal descanso afecta a la vejez.

«El insomnio es uno de los trastornos de salud más prevalentes y con mayor impacto funcional en la población adulta. Ante ello, esta guía está orientada a contribuir a la reducción de su infradiagnóstico y a la limitación de su habitual abordaje, predominantemente farmacológico, muchas veces prolongado en el tiempo y no exento de riesgos», asegura la doctora Odile Romero, miembro del grupo de trabajo de Insomnio de la SES y coordinadora del Grupo Sanitario de la Alianza por el Sueño.

Más que la dieta

Dormir mal no solo cansa, sino que también enferma. «A menudo nos centramos en qué comer para reducir la inflamación, pero ignoramos que una noche de privación de sueño puede tener un impacto inflamatorio más relevante que el de un alimento puntual. No estamos solo cansados; estamos biológicamente estresados», afirma Isabel Raya, bióloga especializada en nutrición y salud integrativa.

Aunque solemos buscar el secreto de la salud en el plato, el descanso es, en realidad, el «cuarto macronutriente» que redondea la ecuación. Ignorarlo tiene un impacto proinflamatorio que, sostenido en el tiempo, puede ser más relevante que el efecto de un alimento aislado: es uno de los desencadenantes más potentes de inflamación crónica de bajo grado y puede sabotear cualquier estrategia nutricional. «Restar horas de sueño de forma repetida activa una respuesta de estrés biológico que eleva marcadores inflamatorios y reduce la sensibilidad a la insulina», asegura Raya, quien hace hincapié en que «en pocos días, el organismo gestiona peor la glucosa y se alteran las hormonas que regulan el apetito, aumentando la tendencia a acumular grasa visceral». Por eso, tras varias noches durmiendo mal, crece el cansancio, aparecen antojos, hinchazón o mayor dificultad para perder peso. A largo plazo, la privación crónica de sueño se asocia con mayor riesgo de diabetes tipo 2 y enfermedad cardiovascular.

A partir de los 40

Con la edad, el sueño cambia. No siempre dormimos menos, pero sí peor, ya que a partir de la cuarta década disminuye progresivamente el sueño profundo y aumenta la fragmentación nocturna. Menos sueño profundo implica peor recuperación muscular y menor capacidad de regulación metabólica. En paralelo, el ritmo del cortisol puede volverse más irregular y la sensibilidad a la insulina tiende a reducirse con el paso de los años. Si en ese contexto se suman noches cortas o interrumpidas, el impacto inflamatorio se amplifica. «No es que el cuerpo se estropee al cumplir los 40 años; es que necesita más precisión en los hábitos que lo regulan. Y el sueño es una pieza estratégica», advierte Raya.

En perimenopausia, la progesterona comienza a fluctuar y, a menudo, a disminuir antes que los estrógenos. Esta hormona modula el sistema GABA, clave para favorecer la relajación mental y facilitar la conciliación del sueño. Cuando desciende, el efecto calmante se atenúa y el descanso se vuelve más superficial aumentando los despertares. Más adelante, con la caída progresiva de los estrógenos, puede alterarse la regulación térmica y aparecer sofocos o sudores nocturnos que fragmentan el sueño profundo.

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