Las campañas electorales son elogios pagados para ensalzar candidatos y fe de errores para desprestigiar las promesas de los adversarios. Con todo, no importaría el candidato que gane: todos proponen soluciones para todo. Bolivia podría convertirse en un país ansiado; toda necesidad planteada será satisfecha. Así consta en el recuento de las declaraciones en entrevistas, foros y debates, y en sus discursos fogosos frente a militantes y grupos de apoyo. Los postulantes garantizan que todo es realizable; su verbosidad los lleva incluso a pasarse de la raya.
Así son las campañas electorales, una costumbre que la ciudadanía ha desarrollado; le gusta vivir en ese ambiente de expectativa. Opina que la guerra sucia es nociva, pero la echa de menos; está pendiente de TikTok. “¡Desterrar la corrupción!” es un compromiso ineludible; no obstante, si se administra con gran parte de la misma gente, ¿cómo funcionará la promesa? La frase esponjosa: “conmigo se acabará la corrupción...” suena a falsa ilusión. No es un flujo de conciencia; interesa crear simbolismos para el éxito electoral.
A pesar de ello, en lo que algunos candidatos prometen existe un deseo auténtico de servicio, sinceridad de propósito. Pueden tener razón en lo que dicen y contar con aptitudes idóneas para el cargo, pero se desacreditan por la exageración con que se exponen; más parecen discursos demagógicos y populistas.
La mayoría de los candidatos afirma que en el municipio o gobernación al que postulan todo está abandonado y que el verdadero éxito llegará cuando ellos sean electos; retórica con aires de superioridad, el lenguaje que se aplicó en el pasado y que se vuelve a escuchar por estos días.
Si todos los candidatos ofertan lo mismo —con ligeros toques en las formas de ejecutar y un habilidoso maquillaje emocional—, entonces, ¿por quién votar? Factores de toda cuenta influyen en la decisión final: convicción y confianza; simpatía personal, orden del partido político, programas de gestión, capricho irreflexivo. El desengaño, la perfidia partidaria y la revancha son elementos que también definen el voto.
El resultado del escrutinio expresará la voluntad de la mayoría. Habrá quórum para ejercer la autoridad legítima de alcalde y concejal; bajo su responsabilidad quedará el destino de la ciudad: calles, plazas y barrios; el microclima, el transporte, la provisión de alimentos, la vivencia de cada día, el hábitat más cercano; en suma, el bienestar social.
Lo propio sucede para acceder al poder del gobierno regional. Las partes interesadas son las provincias: caminos, puentes, hospitales, escuelas. Los aspirantes a gobernadores y asambleístas sientan cátedra cuando se les pregunta sobre la manera de generar ingresos y adoptar políticas públicas para insertar a las comunidades indígenas en el desarrollo y la producción. Buscan influir en el ánimo de agricultores, ganaderos y mineros; promover inversiones para explotar las canteras de minerales raros y sacar provecho de los activos naturales. Se ha vuelto costumbre mencionar la modalidad público-privada, que resuelve cualquier objeción de solución económica; y, para mejor, otorgar concesiones y ejecutar proyectos, desde aeropuertos hasta plantas nucleares. “El domingo cada uno es libre para elegir, pero no es libre de las consecuencias de su elección”.