Un proverbio árabe lo afirmaba casi de manera poética y tajante: “Si el mundo fuese un anillo, el estrecho de Ormuz sería su más grande joya”. Su valor histórico es tan importante, especialmente para la geopolítica económica del mundo, que ya en los textos de los navegantes griegos y persas el estrecho era protagonista en sus bitácoras, porque por sus aguas —narraban los comerciantes navieros de aquellas épocas— pasaban todas las riquezas del mundo.
Este estrecho es uno de los puntos estratégicos más decisivos del planeta, antes y ahora. En el tercer milenio de nuestra era, por ejemplo, pasaban por Ormuz las turquesas y el valiosísimo lapislázuli procedentes de las montañas del Hindu Kush, para el deleite de las élites europeas, que se daban el lujo de lucir vestimentas teñidas de color azul o de ser retratadas por los grandes pintores de la época, como Da Vinci, con ese valiosísimo color.
Para muchos era considerado el color más noble de todos, el más hermoso y el más perfecto. Ese era el valor —más que el oro en su peso— de este pigmento elaborado a partir de lapislázuli en polvo. Ver un cuadro con un pigmento azul era lo más sublime, lo más precioso a lo que podían aspirar los mecenas más ricos de la época. Y se comerciaba por el estrecho de Ormuz.
Luego de la conquista islámica que arrebató Ormuz al Imperio persa sasánida allá por el siglo VII, el estrecho se transformó en el principal puerto más rico del mundo islámico. Conectaba la India y China con Basora, Bagdad o Tabriz. Hacia el siglo XV ya existía un mundo euroasiático globalizado por el comercio, y por ese paso marítimo cruzaban perlas, sedas, metales preciosos y especias que viajaban junto con ideas y creencias. Todo gracias al estrecho de Ormuz.
El origen de su nombre sigue siendo objeto de debate académico. Para unos, deriva del persa Hur-mogh (palmera datilera, en castellano); en algunos dialectos locales el estrecho aún se llama Hurmogh. Otros historiadores sostienen que su nombre procede del dios persa Hormoz, una variante de Ahura Mazda. El debate sigue en los pasillos, aulas y mercados iraníes.
Desde la Antigüedad, este paso marítimo, que comunica el golfo Pérsico con el océano Índico, ha sido una encrucijada mundial. Solo para afirmar su valor estratégico: Emiratos Árabes, Catar, Baréin, Kuwait, Arabia Saudí e Irak tienen salida al mar a través del golfo Pérsico. En un extremo de ese golfo está el territorio de Omán, al sur, y el de Irán, con bases militares cercanas, al norte. El dato de que es la única vía marítima para salir al océano es de vital relevancia, considerando que, además, por allí transita el 20% del petróleo crudo mundial.
El petróleo extraído en los países mencionados se comercializa principalmente hacia China e India, además de numerosos otros países del mundo. Se estima que cada día se transportan 20 millones de barriles de petróleo por ese estrecho.
¿Dónde se complejiza este estrecho? En la zona que funciona como un cuello de botella y hace que todo el negocio sea extremadamente sensible: en un punto determinado, la distancia desde la costa de Irán hasta la de Omán es de menos de 40 kilómetros. Por esta estrechez se le conoce como estrecho de Ormuz, un punto de máxima relevancia geopolítica.
Hasta antes del inicio del conflicto, circulaban aproximadamente cien buques petroleros cargados al máximo de forma diaria. Hoy, por culpa del gigantesco error geopolítico de Trump y su socio, enfundado en odio y venganza, Benjamín Netanyahu, el tránsito está completamente detenido, lo que ha provocado una rápida escalada de precios a nivel mundial.
Los costos ya sobrepasan los 120 dólares por barril. El precio del petróleo está directamente vinculado a lo que suceda con la guerra en esa zona, y esto está obligando a los países de la Unión Europea, a Estados Unidos y a los miembros de la Agencia Internacional de Energía (AIE) a disponer de sus reservas estratégicas para no depender de importaciones durante 90 días. Reitero y remarco: solo por 90 días.
Por eso Trump repite, vacuamente, que su guerra terminará en cuatro semanas. Algo completamente ilusorio y preocupante, por la sencilla razón de que no tiene la menor idea de cómo empezó esta guerra, por qué lo hizo y, ahora, barrunta que, si no cuenta con más apoyo de los países de la OTAN en su beligerancia, enfrenta un gravísimo dilema. Perder no es opción. Empatar tampoco. Ganar a toda costa es su única salida. La más trágica. La más brutal. All in (apostar todo en el póker): esa es su jugada.
Lo que no sabe, además, este dirigente ni su entorno ultranacionalista, es que Irán viene guerreando desde hace siglos, muchos siglos antes de que existiesen siquiera los Estados Unidos. Dato no menor. Por eso, creer que después de esta guerra habrá democracia es un error de lectura. Habrá caos, y los iraníes, bombardeados y agraviados, se reinventarán una vez más en medio de ese desorden descomunal y volverán a plantarle cara al mundo. Lo han hecho desde los tiempos del Imperio persa sasánida. Saque usted las cuentas.
En la actualidad circula por el estrecho una quinta parte del petróleo y del gas natural licuado que se comercializa en el mundo. Cualquier cierre afecta a los mercados energéticos globales y al abastecimiento, especialmente de las economías asiáticas (China, Japón, Corea del Sur e India), que consumen el 84% del petróleo que circula por Ormuz.
Desde los albores de las civilizaciones hasta nuestros días, la historia del estrecho de Ormuz es la mayor prueba de que, en muchas ocasiones, la geografía dicta el compás de la política.
Por eso, de vez en cuando, es bueno ver y revisar los mapas.