Dios te bendiga

Estamos en un Estado laico

Estamos en un Estado laico
Mons. Roberto Flock | Columnista
| 2026-03-20 08:09:33

«Yo les confiero la realeza, como mi Padre me la confirió a mí» (Lc 22,29).

Al ver las noticias sobre el debate entre candidatos a la Gobernación de Santa Cruz, observé que una pregunta de un candidato sobre la fe de otro le causó cierta molestia, por lo que respondió: “Estamos en un Estado laico”.

¿Qué tipo de relación debe haber entre la Iglesia y el Estado? ¿Cómo debe influir nuestra fe en el discurso político, en las elecciones y en el trabajo de gobernar? ¿Acaso a Dios no le interesa lo que hacen quienes gobiernan a su pueblo?

Ha habido una larga evolución histórica en este tema, y la postura de la Iglesia hoy no es la misma que en tiempos medievales. Cuando los ancianos pidieron un rey al profeta Samuel, esto no le agradó; entonces “oró al Señor, y el Señor dijo a Samuel: «Escucha al pueblo en todo lo que digan, porque no es a ti a quien rechazan: me rechazan a mí, para que no reine más sobre ellos»” (1 Sam 8,6-7). Durante siglos, fue la Iglesia la que ungía a los reyes en Europa y se defendía el “derecho divino de los reyes”.

Citando el Catecismo, el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia Católica apoya la democracia como la mejor forma de gobierno, explicando así: “La soberanía pertenece a Dios. El Señor, sin embargo, «no ha querido retener para Él solo el ejercicio de todos los poderes. Entrega a cada criatura las funciones que es capaz de ejercer, según las capacidades de su naturaleza. Este modo de gobierno debe ser imitado en la vida social. El comportamiento de Dios en el gobierno del mundo, que manifiesta tanto respeto a la libertad humana, debe inspirar la sabiduría de quienes gobiernan las comunidades humanas. Estos deben comportarse como ministros de la providencia divina»” (Compendio, 383).

Hemos aprendido que no conviene ninguna dictadura, ni siquiera cristiana o católica. ¿Qué es peor: un gobierno ateísta paranoico como en Corea del Norte o una teocracia como en Irán? Ambos son sumamente opresivos y peligrosos, especialmente cuando cuentan con armas nucleares. Son las dictaduras las que cometen genocidios. Son capaces de cualquier atrocidad precisamente para mantenerse impunemente en el poder.

Fue una de las tentaciones para hacer tropezar a Jesucristo en el desierto: “El demonio lo llevó luego a una montaña muy alta; desde allí le mostró todos los reinos del mundo con su esplendor, y le dijo: «Te daré todo esto si te postras para adorarme»” (Mt 4,8-9). Aunque, en la práctica, fue más como cuando: “Al ver el signo que Jesús acababa de hacer, la gente decía: «Este es verdaderamente el Profeta que debe venir al mundo». Jesús, sabiendo que querían apoderarse de él para hacerlo rey, se retiró otra vez a la montaña, él solo” (Jn 6,14-15). Muchos se inclinan ante Satanás sin darse cuenta, especialmente gobernantes; Jesús no.

Cuando se realizó la última Asamblea Constituyente, la Conferencia Episcopal de Bolivia apoyó el cambio constitucional para que Bolivia dejara de ser un Estado confesional y pasara a ser un Estado laico. Según el artículo 4 de la nueva CPE: “El Estado respeta y garantiza la libertad de religión y de creencias espirituales, de acuerdo con sus cosmovisiones. El Estado es independiente de la religión”.

Quizás nuestra interpretación eclesial no coincida con lo que piensan algunos gobernantes. En primer lugar, no debería haber elecciones en domingo, con restricción de circulación en el Día del Señor, cuando la gente debe estar en misa. Algunos sacerdotes, si les toca votar en un recinto alejado de su parroquia —como es típico en mi diócesis—, tienen que optar entre abandonar sus parroquias o cumplir su deber ciudadano. Nosotros tenemos varias parroquias sin misa este fin de semana.

Más aún, para los pastores, esto significa que el gobierno no debe interferir en las actividades de la Iglesia. Pero de ninguna manera se le quita a la Iglesia su voz profética para orientar el actuar, tanto del verdadero soberano —que es el electorado— como de los elegidos. Por supuesto, reconocemos otro Soberano, que es Dios, y humildemente hablamos en su nombre. El mismo Jesús dio su criterio en la Última Cena: «Los reyes de las naciones dominan sobre ellas, y los que ejercen el poder sobre el pueblo se hacen llamar bienhechores. Pero entre ustedes no debe ser así. Al contrario, el que es más grande, que se comporte como el menor, y el que gobierna, como un servidor» (Lc 22,25-26).

Por consiguiente, denunciamos toda forma de corrupción y abuso de poder. Al mismo tiempo, compartimos con los gobernantes la misión de servir al mismo pueblo, empezando por los más necesitados, y, para hacerlo eficazmente, necesitamos una sana cooperación entre la Iglesia y el Estado. Cuando se trata de obras de educación y salud, hogares y otras formas de solidaridad y promoción humana, no conviene un separatismo absoluto entre Iglesia y Estado, sino el apoyo mutuo. Por supuesto, el Estado tiene el derecho de asegurar ciertos niveles de calidad en estas instituciones de la Iglesia, pero, en la práctica, casi siempre son los religiosos, motivados por su cercanía con Dios, quienes actuamos más por vocación que por salario o provecho propio.

Como sabemos, no hay grupo humano libre de pecado y tentación, como tampoco de trastornos psicológicos. Ambas instituciones, Iglesia y Estado, tienen un deber: la una ante Dios, el otro ante el pueblo, de asegurar un ambiente sano y seguro para los pequeños y vulnerables. De la misma manera que, a veces, pederastas han utilizado la sotana para cometer barbaridades contra menores de edad, también sádicos han utilizado sus uniformes militares, policiales y judiciales para actos de terrible crueldad.

El Estado organiza y orienta al pueblo desde la CPE, las leyes y los territorios de la nación. La Iglesia lo hace desde la Palabra de Dios, la doctrina, la oración y también desde sus jurisdicciones eclesiásticas. Más que separación, se trata de una compenetración y un diálogo, porque, en gran parte, somos el mismo pueblo. Aun cuando existe pluralidad religiosa, las Iglesias trabajamos desde las conciencias y las almas de quienes hacen las leyes y eligen a los gobernantes. Si nosotros hacemos bien nuestra tarea, los gobernantes harán avanzar el Reino de Dios. Si fallamos, aumenta la violencia, mientras nos vamos postrando ante Satanás, aunque creamos cambiar piedras en pan, como brevemente decía una propaganda del Gobierno Plurinacional el año pasado, mientras pasábamos largas horas esperando nuestro turno en las gasolineras, contemplando el futuro de Bolivia, quizá rezando el santo rosario al mismo tiempo, ya que cuelga en el retrovisor de muchos vehículos, tanto legales como chutos.

Dios te bendiga.

Mons. Roberto Flock | Columnista
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