Mientras su canción “Ojalá” suplica borrar al otro hasta hacerlo desaparecer, el famoso cantante cubano Silvio Rodríguez hoy reafirma, sin matices, su lealtad al poder que ha sostenido durante décadas con sus canciones. En el peor momento de hambre y desesperación del pueblo cubano, no hay autocrítica, sino alineamiento: pide un arma para defender a quienes gobiernan y administran esa miseria y lo hace justo cuando existe una esperanza de acabar con el calvario. No es incoherencia, es consistencia. Rodríguez ha vivido como vocero privilegiado de un sistema que recompensó su fidelidad, proyectándolo como símbolo cultural mientras la isla se desmoronaba. Su respaldo al gobierno de Miguel Díaz-Canel no sorprende: es la continuidad de una narrativa que durante años vendió al mundo un paraíso inexistente. Pero hoy la épica se vuelve incómoda. Pedir un arma cuando el pueblo apenas sobrevive suena más a gesto ideológico que a realidad concreta. Ojalá —como en su canción— algo cambie de raíz. Y ojalá esta vez sea el pueblo cubano el que deje de ser borrado.