Tribuna

Cambio de élites corruptas

Cambio de élites corruptas
Rolando Tellería A. | Profesor de Ciencias Políticas de la UMSS
| 2026-03-22 05:09:20

En Bolivia, los cambios políticos no han sido, en esencia, cambios de rumbo, sino simples relevos de élites. Como diría Vilfredo Pareto, “circulación de élites”. A lo largo de dos siglos, el poder ha transitado de unas manos a otras sin alterar lo sustantivo: la relación depredadora entre quienes gobiernan y el Estado. Más allá de sus discursos ideológicos, las élites —de izquierda o de derecha— han compartido un mismo patrón de comportamiento: la utilización del poder como mecanismo de enriquecimiento y apropiación de recursos públicos.

La pregunta de fondo, entonces, no es por qué Bolivia sigue siendo un país tan pobre teniendo abundantes recursos naturales, sino qué tipo de élites han administrado históricamente esas riquezas. Se han ensayado múltiples explicaciones: el pasado colonial, el capitalismo tardío o incluso factores culturales. Sin embargo, en lo esencial, la explicación es más cruda y directa: hemos tenido élites políticas profundamente incompetentes y estructuralmente corruptas, incapaces de transformar nuestras riquezas naturales en desarrollo y prosperidad para todos.

El año 2006 marcó, en apariencia, un punto de inflexión. Con la llegada de Evo Morales al poder, se produjo un cambio de élites. La vieja élite neoliberal fue desplazada por otra de origen popular, que prometía no solo redistribuir el poder, sino transformar la vieja forma de hacer política. La expectativa era histórica: sustituir una élite excluyente por una nueva élite ética y moralmente distinta.

Sin embargo, el resultado fue profundamente decepcionante. La élite azul no solo reprodujo las prácticas del pasado, sino que las perfeccionó. Bajo el denominado “proceso de cambio”, se consolidó una élite cleptocrática altamente eficiente, que convirtió al Estado en un espacio sistemático de acumulación privada. La administración del excedente económico del superciclo de materias primas no se tradujo en diversificación productiva ni en desarrollo, sino en despilfarro, corrupción y enriquecimiento de una nueva casta de poder.

El poder dejó de ser un instrumento de transformación para convertirse en un fin en sí mismo: el enriquecimiento temprano desde la burocracia estatal. Megaobras, contratos, licitaciones y adjudicaciones se transformaron en mecanismos de acumulación. En alianza con sectores corporativos y dirigencias cooptadas, esta élite construyó un sistema de reproducción política basado en prebendas, lealtades compradas y control del aparato estatal.

La crisis de 2019 abrió, nuevamente, una ventana histórica. La renuncia de Evo Morales, tras 21 días de movilización ciudadana, generó la expectativa de un cambio profundo. El ascenso de Jeanine Áñez representó, en ese momento, la posibilidad de una transición ética: pacificar el país, restablecer la institucionalidad y convocar a elecciones.

Pero esa oportunidad fue rápidamente dilapidada. La élite emergente —los llamados “verdes”— no tardó en reproducir las mismas prácticas que había denunciado. En cuestión de meses, el aparato del Estado volvió a convertirse en botín. Casos emblemáticos de corrupción, como la compra irregular de respiradores en plena pandemia, revelaron que el problema no era ideológico, sino estructural: la política sigue siendo concebida como un espacio de negocios y acumulación rápida.

La traición al movimiento ciudadano fue doble. No solo se frustró la posibilidad de un cambio en la forma de hacer política, sino que, con errores y escándalos, se facilitó el retorno del Movimiento al Socialismo (MAS) al poder en 2020. La historia volvió a repetirse: una élite sustituye a otra sin alterar la lógica profunda del poder.

Hoy, tras el corrupto ciclo del gobierno de Luis Arce y el ascenso de Rodrigo Paz, Bolivia enfrenta, otra vez, un momento decisivo. La expectativa social es enorme. Después de dos décadas marcadas por corrupción, ineficiencia y degradación institucional, existe la posibilidad de romper esa “maldición”. Pero también existe el riesgo de repetirla.

Las primeras señales son preocupantes. Casos como el de las “32 maletas” o el escándalo de la gasolina “basura”, comprada sin subvención, no solo evidencian posibles irregularidades, sino algo más profundo: la persistencia de una cultura política donde la transparencia, la eficiencia y la ética siguen siendo excepciones y no reglas.

Si este nuevo ciclo reproduce las mismas prácticas, no estaremos ante un cambio de modelo ni de rumbo, sino simplemente ante un nuevo cambio de élites corruptas. La otrora élite azul habría sido reemplazada por otra con idénticos hábitos, defectos y ambiciones.

En Bolivia, el problema no ha sido la ausencia de cambios políticos, sino la ausencia de cambios en la naturaleza de sus élites. Mientras la política siga siendo concebida como un espacio de apropiación y no de servicio, cualquier relevo será superficial.

La historia, el desarrollo, el futuro y el destino de un país dependen de las élites: de estos grupos minoritarios y organizados que toman el poder. Sus decisiones, al afectar al conjunto de la sociedad, tienen carácter vinculante. En consecuencia, nuestra historia y futuro están supeditados a su capacidad y al proyecto que imponen.

Es así que, cuando las élites no cambian su vocación cleptocrática, la historia no avanza; simplemente se repite.

*El autor es profesor de la carrera de Ciencia Política de la Universidad Mayor de San Simón.

Rolando Tellería A. | Profesor de Ciencias Políticas de la UMSS