
El dato es difícil de obviar: entre el 34% y el 50% de los jóvenes desearían que algunas de las principales redes sociales nunca hubieran existido. Es uno de los múltiples indicadores que recoge el World Happiness Report para sostener la conclusión contundente de que el uso habitual de estas plataformas no puede considerarse seguro para niños y adolescentes.
Esta publicación que realiza de forma anual la ONU, clasifica a más de 140 países por su nivel de felicidad y bienestar. Utiliza encuestas de Gallup donde los ciudadanos califican su vida, basándose en factores clave como PIB per cápita, apoyo social, esperanza de vida, libertad, generosidad y baja corrupción. El informe de este año aborda la cuestión de las redes desde lo que denomina la “pregunta de seguridad del producto”: si el uso ordinario de las redes sociales -entendido como varias horas diarias- expone a los menores a riesgos significativos para su salud mental o a daños directos. A partir de siete líneas independientes de evidencia, que incluyen encuestas a jóvenes, testimonios de padres y docentes, estudios académicos y documentos internos de las propias compañías, la respuesta que ofrece es clara: no.
El análisis adquiere especial relevancia si se tiene en cuenta el nivel de exposición. Un adolescente medio en Estados Unidos pasa cerca de cinco horas al día en redes sociales (dos en YouTube, una hora y media en TikTok y otra en Instagram), mientras que uno de cada cuatro jóvenes de entre 13 y 14 años supera las siete horas diarias.
Del uso intensivo al arrepentimiento
Uno de los pilares del informe es el testimonio de los propios jóvenes. Lejos de la narrativa habitual que presenta a las redes sociales como espacios de conexión y creatividad, los datos reflejan una relación mucho más ambivalente, en la que los beneficios conviven con una percepción creciente de daño.
Según datos del Pew Research Center, el 20% de las adolescentes afirman quelas redes sociales afectan negativamente a su confianza, el 25% a su salud mental y el 50% a su calidad de sueño. Además, el 34% de las chicas y el 20% de los chicos reconocen que les hacen sentir peor respecto a su propia vida.
Sin embargo, el indicador más revelador es el del arrepentimiento. En una encuesta realizada a jóvenes adultos de la Generación Z (18-27 años) en Estados Unidos, el rechazo a ciertas plataformas alcanza niveles significativos: el 34% desearían que Instagram no existiera, el 43% opinan lo mismo de Snapchaty casi la mitad lo expresa respecto a TikTok(47%) y X (50%). En contraste, ese arrepentimiento es mucho menor en plataformas como YouTube (15%) o servicios como Netflix (17%).
Este patrón se repite en otros países. En Reino Unido, el 62% de los jóvenes consideran que las redes sociales hacen más daño que beneficio a los menores de 16 años, y el 55% afirman que la vida sería mejor si se prohibieran para ese grupo de edad. En Australia, los propios jóvenes identifican estas plataformas como uno de los principales factores detrás del deterioro de la salud mental.
De ahí que, precisamente, países como Australia hayan optado por restringir el acceso a menores de 16 años, mientras que países europeos como Reino Unido, España y Francia han considerado medidas similares. Mientras tanto, Estados Unidos ha adoptado un enfoque diferente al impulsar la verificación de edad en las tiendas de aplicaciones. El argumento central es que el coste de no actuar puede ser significativamente mayor que el de intervenir. Y, a pesar de que muchos usuarios reconocen beneficios como sentirse más conectados (74%) o encontrar espacios de expresión (63%), el informe de la ONU subraya que la cuestión clave reside en si una proporción significativa de usuarios experimentan daño. Y la evidencia indica que sí.
Esta lectura está encontrando, en paralelo, un eco dentro de las propias plataformas. El consejero delegado de Pinterest, Bill Ready, ha defendido públicamente estos días la decisión de Australia de prohibir el acceso a redes sociales a menores de 16 años y ha planteado que, si las plataformas no priorizan de forma real la seguridad juvenil, otros gobiernos deberían seguir el mismo camino. Su argumento no se limita a una cuestión regulatoria, sino que apunta directamente al modelo de negocio del sector: sostiene que las redes sociales, tal y como están diseñadas hoy, maximizan el tiempo de visionado y la retención con escasa consideración por el bienestar de los menores. Frente a quienes consideran estas restricciones una respuesta exagerada o prematura, el directivo plantea que la industria tecnológica ya ha tenido tiempo suficiente para autorregularse y que la ausencia de cambios de fondo debilita cualquier oposición creíble a este tipo de vetos.
La posición resulta especialmente significativa porque procede de uno de los propios actores del ecosistema digital. En su planteamiento, la cuestión reside en si los beneficios justifican la coexistencia de las redes sociales con presiones constantes de comparación, contacto no deseado con extraños, exposición a contenidos dañinos o dinámicas de uso compulsivo. También advierte del riesgo añadido que supone la incorporación de chat bots de inteligencia artificial a estas experiencias, al introducir herramientas aún más persuasivas en entornos utilizados por usuarios que todavía no han desarrollado del todo su madurez emocional. Su conclusión conecta de forma directa con el World Happiness Report: una protección imperfecta sigue siendo mejor que la inacción, y aplazar decisiones en nombre de la complejidad del problema puede equivaler, en la práctica, a proteger el statu quo de las plataformas antes que a los adolescentes.
Plataformas diseñadas para captar atención, no para proteger
“Los jóvenes de hoy están siendo víctimas del mayor experimento social de la historia”.
Los autores del informe sitúan el fenómeno en un contexto más amplio: el de un experimento social a escala global. Durante más de una década, millones de menores han tenido acceso sin filtros a plataformas diseñadas para maximizar el tiempo de uso, con escasa consideración inicial sobre sus efectos. El resultado, según el análisis, es visible en múltiples dimensiones: aumento de la ansiedad y la depresión, deterioro de la capacidad de concentración y entornos educativos que compiten constantemente por la atención de los estudiantes. A esto se suma la exposición a riesgos directos: ciberacoso, sextorsión, contenido violento o contacto con desconocidos.
Las cifras ilustran la magnitud del fenómeno. Solo en Estados Unidos, donde se estima que hay 39 millones de adolescentes usuarios de redes sociales, alrededor del 10% presentan comportamientos de uso problemático. El 45% afirman que estas plataformas afectan negativamente a su sueño, y millones de menores están expuestos cada año a situaciones como el acoso o las propuestas sexuales no deseadas. En el caso de Instagram, el 13% de los usuarios de entre 13 y 15 años declaran haber recibido propuestas sexuales no solicitadas en la última semana.
A estas evidencias se suman los propios documentos internos de las compañías tecnológicas. Investigaciones filtradas de Meta revelaron que uno de cada tres adolescentes afirman que Instagram empeora su imagen corporal. En TikTok, informes internos reconocen que el uso compulsivo está vinculado a pérdida de habilidades cognitivas, aumento de la ansiedad y alteraciones del sueño. Y en Snapchat, empleados de la compañía han admitido recibir miles de reportes mensuales relacionados con sextorsión.
El informe plantea que estas dinámicas son la consecuencia directa de decisiones de diseño orientadas a maximizar la retención. Sistemas de recompensa intermitente, algoritmos de recomendación y dinámicas de validación social que generan patrones de uso que, según los propios desarrolladores, explotan vulnerabilidades psicológicas, especialmente en menores. Así que, más allá de percepciones y testimonios, el informe dedica una parte central a revisar si existe una relación causal entre el uso de redes sociales y el deterioro de la salud mental.
Los estudios transversales muestran de forma consistente que los usuarios intensivos presentan mayores niveles de depresión. Un análisis de más de 10.000 adolescentes en Reino Unido concluye que quienes utilizan redes sociales más de cinco horas al día tienen el doble de probabilidades de sufrir depresión que quienes las usan menos de una hora. Además, cada hora adicional de uso incrementa el riesgo en un 13%.
Mientras que los estudios longitudinales refuerzan esta relación al demostrar que el uso intensivo precede al desarrollo de síntomas depresivos, y no únicamente al revés. Es decir, no solo los jóvenes con peor salud mental utilizan más las redes, sino que el uso intensivo contribuye a empeorar su estado.
Por su parte, los experimentos controlados ofrecen una de las evidencias más claras. En ensayos donde se reduce el uso de redes sociales durante varias semanas, se observan mejoras significativas en depresión, ansiedad y bienestar general. En un estudio con jóvenes en situación de vulnerabilidad, limitar el uso a una hora diaria durante tres semanas redujo síntomas depresivos, mejoró el sueño y disminuyó el miedo a perderse experiencias (FOMO).
Finalmente, los llamados “experimentos naturales”-como la expansión del internet de alta velocidad- muestran que el aumento del acceso a redes sociales se asocia con un empeoramiento de la salud mental en distintos países, incluyendo Alemania, Italia, España y Estados Unidos. Estos efectos son especialmente pronunciados en adolescentes y, dentro de este grupo, en chicas.
El informe concluye que la evidencia acumulada, procedente de múltiples metodologías, países y fuentes, es suficiente para afirmar que las redes sociales, en su configuración actual, suponen un riesgo para la salud mental de los adolescentes.
En palabras implícitas del informe, la cuestión es hasta qué punto las sociedades están dispuestas a aceptar esos efectos como parte del modelo actual.