El vicepresidente Edman Lara fue increpado en Monterrey, México, por un hincha boliviano que le dijo, con una claridad casi pedagógica: “vaya a trabajar”. Nada sofisticado, nada agresivo. Pero para Lara, eso fue un insulto. Parece que alguien olvidó avisarle que el cargo venía con responsabilidades. La escena tiene algo de ironía involuntaria. Un ciudadano le pide que cumpla su función y la autoridad se siente ofendida. ¿En qué momento trabajar pasó a ser una agresión? ¿Es una nueva categoría de violencia política que nadie conocía? Mientras tanto, el vicepresidente sigue sumando millas. Viajes, actos, apariciones. Mucho movimiento, poca explicación. Porque lo que no aparece es una razón de Estado clara que justifique tanta agenda internacional en medio de los problemas del país. El hincha, sin saberlo, tocó una fibra sensible: la del deber. Y la respuesta lo confirmó. Al final, quizás el error fue del ciudadano. No midió el tono. Debió pedirlo con más cuidado: trabajar, al parecer, es un tema delicado.