Editorial

Del TikTok a la realidad

Con mucha razón, las recientes elecciones subnacionales fueron bautizadas como las “elecciones del Tik Tok”. Lo ocurrido el 22 de marzo en Bolivia confirma que la política...

Editorial | | 2026-03-28 06:21:58

Con mucha razón, las recientes elecciones subnacionales fueron bautizadas como las “elecciones del Tik Tok”. Lo ocurrido el 22 de marzo en Bolivia confirma que la política ya no se define en estructuras tradicionales, sino en la pantalla de un celular.

El proceso electoral tuvo una fuerte influencia de las redes sociales y se jugó en ese campo, incluso más que en 2020. Lo que antes era complemento, hoy es el escenario central. Y en ese terreno emergen los llamados “candidatos tiktokeros”.

El caso más visible es el de Carlos “Mamén” Saavedra, quien construyó liderazgo sin partido fuerte, basando su crecimiento en denuncias, fiscalización digital y conexión directa con la ciudadanía. A él se suman perfiles como Juan Pablo Velasco, ligado al mundo tecnológico, y Otto Ritter, que resurgió políticamente a partir de su cercanía con la gente y su presencia constante en redes. No son excepciones: son parte de un cambio estructural.

El primer rasgo clave es la democratización del acceso al poder. Las redes rompieron el monopolio de los partidos como canales de visibilidad. Hoy, un liderazgo puede nacer desde el contenido, no desde la estructura.

El segundo es la eliminación de intermediarios. Durante años, la política estuvo mediada por dirigentes y sectores que “administraban” votos. Las redes permiten un vínculo directo: candidato y ciudadano, sin filtros. Ese cambio explica por qué estructuras que antes parecían indispensables hoy lucen vacías.

El tercer elemento es la conexión emocional. Formatos como videos cortos o transmisiones en vivo generan identificación. La política deja de ser discurso abstracto y se convierte en relato cercano. En un país joven —con más de la mitad de su población menor de 28 años— esto no es menor: es decisivo.

También hay un efecto positivo en el control social. Muchos de estos liderazgos nacen denunciando corrupción o visibilizando abusos. En contextos de institucionalidad débil, ese rol fortalece la rendición de cuentas.

Pero el fenómeno tiene límites claros. El algoritmo premia la emoción, no la profundidad. La viralidad no garantiza capacidad de gestión. Y aquí aparece el verdadero desafío: pasar del impacto digital al poder real.

Ganar desde redes es posible; sostener un proyecto político no. Sin estructura, equipo e institucionalidad, el liderazgo se vuelve efímero. La política sin intermediarios puede ser más auténtica, pero también más frágil.

Santa Cruz ha dado una señal contundente: la ciudadanía está dispuesta a romper con lo tradicional y apostar por liderazgos directos. Sin embargo, esa confianza no es permanente, depende de resultados.

Lo que está en juego es un cambio de modelo. La política no desaparece: se transforma y el punto de llegada sigue siendo el mismo: la realidad. Porque entre TikTok y la gestión hay una distancia que no se mide en seguidores, sino en capacidad de gobernar. Ahí se definirá si esta nueva política llegó para quedarse o si fue, simplemente, una tendencia pasajera.

Ganar desde redes es posible; sostener un proyecto político no. Sin estructura, equipo e institucionalidad, el liderazgo se vuelve efímero. La política sin intermediarios puede ser más auténtica, pero también más frágil.