En un local del centro cruceño, donde el aroma a café recién molido se mezcla con el murmullo de conversaciones, José M., ingeniero civil de 42 años, nacido en Potosí, pero criado desde los 8 en la capital oriental, dice sin titubeos: “Soy camba. No por decreto, ni por nacimiento, sino por elección diaria: por cómo hablo, por lo que cocino, por cómo defiendo —y cuestiono— a esta tierra”. Su afirmación no es una declaración de adhesión incondicional, sino un acto de madurez crítica: ser camba, para él, no significa renunciar al pensamiento propio, sino ejercerlo con mayor responsabilidad.
Esta tensión —entre identidad regional y autonomía intelectual— está ganando visibilidad en los últimos años. Según datos preliminares del Instituto Nacional de Estadística (INE) y observaciones de antropólogos locales, más del 38 % de los residentes permanentes en el departamento de Santa Cruz nacieron en otras regiones del país. Probablemente otro tanto parecido, son descendientes de inmigrantes del interior de Bolivia. Muchos de ellos, como José, han desarrollado una identidad “cruceña híbrida”: profundamente arraigada en las costumbres locales, pero nutrida por referentes culturales, educativos o familiares de su lugar de origen.
Esa condición, lejos de diluir la crítica, la potencia. “Cuando uno nace aquí, a veces el amor es tan natural que no se cuestiona. Pero quien llega después, quien elige quedarse, tiene que entender por qué —y eso obliga a ver las sombras: la desigualdad territorial, la presión sobre los recursos naturales, las tensiones étnicas no resueltas, el discurso político que a veces confunde identidad con exclusión”, explica la socióloga cruceña Dra. Laura Rojas, investigadora del CIDES-UCB.
La nota no ignora las contradicciones: hay quienes usan su “identidad camba adquirida” como moneda de cambio político o social; hay también quienes, tras décadas de residencia, aún enfrentan miradas escépticas. Pero también hay, por ejemplo, docentes que impulsan programas en zonas rurales, jóvenes que documentan oralidades indígenas del Chaco cruceño, artistas que fusionan ritmos del altiplano con el taquirari (vean el Plan 3000, sin ir lejos, o las entradas universitarias)—todos construyendo una identidad regional que no se cierra, sino que se expande.
Como resume José, mientras remueve su taza: “Ser camba no es una bandera que se ondea, sino una tarea que se hace cada día: amar sin ceguera, construir sin arrogancia, y criticar no desde afuera, sino desde adentro —con el corazón en la región y la mente libre”.
No hay certificados de nacimiento que avalen la identidad. Tampoco estadísticas oficiales que midan el peso de una mirada ajena para entenderse mejor uno mismo. Sin embargo, muchas personas en Santa Cruz —como yo— viven una paradoja cotidiana: se sienten profundamente cambas, pero no nacieron aquí. No son migrantes recientes ni turistas temporales: son vecinos de barrios consolidados, docentes en colegios o universidades cruceñas, médicos, profesionales en todas las ramas que contribuyen al desarrollo regional, o jóvenes que cantan cuecas en fiestas familiares y debaten política en cafés del centro.
Pero hay una tensión persistente: la idea de que “ser camba” exige una genealogía geográfica ininterrumpida. Como si la identidad fuera un título de propiedad, no un proceso de reconocimiento mutuo. Esta lógica excluye a quienes construyen la región día a día, mientras privilegia una narrativa estática, casi arqueológica, de lo que “siempre fue”.
Lo cierto es que Santa Cruz no es una isla cultural o costumbrista. Es parte de Bolivia. Es un territorio en constante recomposición: indígena, andina, afroboliviana, oriental y migrante, incluso extranjera (por ejemplo: un alcalde menonita o ruso). Su identidad no se defiende con muros, sino con espacios donde caben distintas formas de pertenecer —con derechos, con voz, y voto, con derecho a preguntar, a desafiar, a reinterpretar.
La crítica interna no es traición. Es compromiso. Y cuando esa crítica surge desde quienes han elegido esta tierra como suya —sin renunciar a sus raíces anteriores— adquiere una densidad particular: no es la mirada del forastero que juzga desde afuera, sino la del habitante que observa desde adentro y también desde un poco más lejos, con la distancia necesaria para ver lo que el hábito oculta.
Ser camba, entonces, no es una cuestión de partida, sino de llegada compartida. No se hereda solo por nacimiento: se construye con participación, con memoria colectiva, con responsabilidad cívica. Y esa construcción no requiere permiso: ya está ocurriendo, en cada aula, cada cooperativa, cada asamblea vecinal, cada conversación que empieza con “yo soy camba, pero…” y termina con una propuesta, no con una disculpa, enmarcada en un proceso histórico inexorable, aunque a algunos no les guste.