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La lucha por el poder

La lucha por el poder
William Herrera Áñez | Jurista y autor de varios libros
| 2026-04-04 08:43:40

La declinación de un partido político de ir al balotaje en el departamento de La Paz ha generado un saludable debate sobre la naturaleza e institucionalidad de las organizaciones políticas. Los partidos políticos son “dueños” de las candidaturas. El Órgano Electoral debe controlar, fiscalizar y supervisar a los partidos. Estas agrupaciones políticas constituyen el único vehículo para ejercer los derechos políticos de los candidatos. Los candidatos no tienen autonomía de vuelo. El derecho a participar en la política generó la necesidad de articular e institucionalizar las organizaciones políticas con objetivos comunes y de alcance general.

Los problemas internos (indisciplina partidaria) sólo afecta a las relaciones internas del partido y cualquier militante o dirigente puede ser sancionado e, incluso, expulsado de los registros de la organización política. Pero, los partidos no pueden arrogarse el procedimiento para la revocatoria del mandato (no de la candidatura), ni pueden colocarse en el lugar de los electores, que son los verdaderos titulares del mandato. En cambio, la extinción de la personalidad jurídica de la organización política, conlleva de oficio la cancelación de la militancia del partido político y/o la agrupación ciudadana respectiva. En caso de cancelación de la personalidad jurídica, los recursos económicos y bienes que forman su patrimonio, previo cumplimiento de obligaciones devengadas, se transfieren a dominio del Estado para fines sociales.

En la medida en que la campaña electoral sube de tono muestra de cuerpo entero a los partidos y agrupaciones ciudadanas. La actividad política y los impulsos primarios que la acompañan (ambición desmedida de poder y lucha despiadada por alcanzarlo) son comunes a la totalidad de los partidos y agrupaciones ciudadanas y propios de la naturaleza humana. Los apetitos compulsivos de trepar al poder siguen siendo los mismos de antaño. ¿Alguien conoce una guerra limpia?

Los candidatos compiten por gobernar las instituciones y libran una lucha sin cuartel. En las sociedades complejas de nuestros días, los partidos se ven obligados a representar multiplicidad de intereses a veces difícilmente compatibles. Pero cuando obtienen el voto ciudadano, sus conductas cambian dependiendo de la cultura institucional, el entorno y, sobre todo, los sistemas de control que se hayan establecidos (o desactivado) en cada caso. Los partidos políticos e instituciones públicas siempre han tenido una relación compleja, que el curso de la historia ha ido corrigiendo en algunos casos.

Los partidos políticos buscan, fundamentalmente, llegar al poder para ejecutar sus programas de gobiernos (cuando los tienen). Todos prometen el bienestar de la población y la solución de sus problemas básicos: salud, educación, agua, alcantarillado, aseo urbano, electricidad, vialidad, transporte, carreteras, caminos vecinales, ordenamiento de mercados, etc. Salvando algunas excepciones, los candidatos desnudan su angurria del poder por el poder, donde abunda la guerra sucia y la mediocridad de algunos candidatos que lidian en lo que debería ser el competitivo mercado del poder.

¿Por qué los partidos políticos y agrupaciones ciudadanas adoptan tendencias depredadoras en su contacto con las instituciones? La explicación sociológica de esos comportamientos procede, sin duda, de una baja o pésima cultura política e institucional por parte de los partidos políticos, pero también por parte de la ciudadanía. En cualquier caso, la falta de controles efectivos del poder (en todas sus manifestaciones) constituye una de las grandes debilidades de nuestro sistema democrático. Esa concepción de los partidos como máquinas de ocupación o colonización del Estado y sus instituciones está muy arraigada. Cambiar esta lógica depredadora no es fácil, menos podemos esperar que venga sólo de sus propios artífices.

La peor cara de la política aflora en las campañas electorales. El clientelismo basado en un sistema de favores (y chantajes), termina pervirtiendo la política y lesiona fuertemente a las instituciones. En el mercado del poder se intercambian votos por favores políticos, y los candidatos maximizan sus chances de ser elegidos. En cada campaña aparecen los políticos profesionales que viven para la política, pero también de la política. Sin embargo, a pesar de las clamorosas deficiencias en su funcionamiento y la sistemática erosión deslegitimadora que vienen padeciendo, los partidos están lejos de desaparecer. Las fórmulas alternativas de participación directa siguen teniendo un rol marginal.

*Jurista y autor de varios libros.

William Herrera Áñez | Jurista y autor de varios libros
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