El reciente fallo judicial en California contra Meta (Instagram y Facebook) y YouTube —propiedad de Google— marca un punto de inflexión inquietante. Un jurado determinó que ambas plataformas son responsables de haber contribuido a la adicción a las redes sociales de una joven, abriendo la puerta a una nueva forma de entender la responsabilidad en la era digital. No se trata aquí de defender a ultranza a las redes sociales —cuyos mecanismos de retención, opacidad algorítmica y estímulos constantes son legítimamente cuestionables—, sino de advertir el cambio de fondo: estamos transitando del Estado paternalista al Estado-niñera.
El Estado paternalista clásico intervenía para corregir fallas evidentes o proteger frente a abusos externos. Pero este nuevo modelo va más allá: presupone que el individuo es incapaz de gobernarse a sí mismo. Al aceptar que un algoritmo puede “inducir” una conducta hasta el punto de anular la voluntad, se instala una idea peligrosa: que las personas no son responsables de sus decisiones, sino víctimas pasivas de estímulos diseñados por terceros.
Este giro no solo tiene implicaciones jurídicas, sino culturales. La sentencia envía un mensaje claro: cuando algo sale mal, la culpa no está en el uso, sino en el diseño. Y ahí comienza la pendiente resbaladiza. Si el diseño de una plataforma puede ser considerado responsable de una adicción, ¿qué impide aplicar el mismo razonamiento a otras industrias? ¿Serán los fabricantes de alimentos responsables de la obesidad? ¿Las empresas de bebidas de los casos de alcoholismo? ¿Los autos de los accidentes por imprudencia?
Pero el impacto más profundo se produce en la familia. En este caso, la joven comenzó a usar estas plataformas desde los seis años. Surge entonces una pregunta incómoda: ¿dónde estaban los adultos responsables? El fallo, al concentrar la culpa en las empresas, diluye el rol de los padres y fomenta una peligrosa “tercerización” de la crianza. Se instala la ilusión de que el Estado y los tribunales pueden sustituir la supervisión, el criterio y los límites que deben nacer en el hogar.
Esta es la gran falacia del Estado-niñera: promete protección total, pero entrega dependencia. Es una protección tardía, burocrática, que actúa cuando el daño ya ocurrió. Mientras tanto, debilita los mecanismos naturales de formación del carácter: la disciplina, la responsabilidad y el aprendizaje a partir del error.
Este enfoque incentiva una cultura de la victimización. Si todo comportamiento puede explicarse por una influencia externa, entonces siempre habrá alguien más a quien culpar. El individuo deja de ser protagonista de su vida y se convierte en un sujeto tutelado, permanentemente asistido, pero también limitado.
Un Estado que asume el rol de niñera no solo regula empresas; regula conductas, decisiones y, en última instancia, libertades. Porque sin responsabilidad individual, la libertad pierde sentido. No hay autonomía posible en una sociedad donde cada error debe ser prevenido por diseño y cada consecuencia trasladada a un tercero.
El fallo contra Meta y YouTube es un síntoma que refleja una sociedad que, en su afán de proteger, corre el riesgo de infantilizar a sus ciudadanos. Y ese es un precio demasiado alto: cambiar la libertad por una seguridad ilusoria que, lejos de fortalecernos, nos vuelve más frágiles.