Hay países que avanzan hacia el futuro y países que orbitan alrededor de su pasado. Bolivia pertenece, por ahora, a la segunda categoría. No por fatalismo ni por falta de voluntad ciudadana, sino por una lógica política que la historia latinoamericana ha demostrado repetidamente: cuando la alternativa decepciona, el electorado no busca algo nuevo. Regresa a lo conocido. Esa es la verdadera sombra que se proyecta hoy sobre el país.
Rodrigo Paz llegó al poder con un mandato claro: ser lo opuesto a lo que representó el ciclo político anterior. Lo opuesto al clientelismo, a la corrupción institucionalizada y a la lógica de poder que dominó durante los años del MAS. Sin embargo, ganar una elección por contraste no es lo mismo que construir una alternativa sólida. Y en política, el tiempo para demostrarlo siempre es más corto de lo que parece.
Las encuestas comienzan a reflejar ese desgaste prematuro. Un sondeo reciente realizado en las principales ciudades del país muestra una creciente desaprobación de la gestión presidencial y la gran mayoría cree que el gobierno va en la dirección incorrecta.
Más preocupante aún es que la mayor parte de la población afirma tener poca o ninguna confianza en la capacidad del gobierno para resolver los problemas económicos. Son cifras duras para un gobierno que todavía no cumple medio año de mandato y que llegó prometiendo estabilidad, eficiencia y ruptura con las prácticas del pasado.
El deterioro de la confianza pública suele tener detonantes simbólicos. En este caso, el escándalo de la gasolina adulterada se ha convertido en uno de ellos. La contaminación de grandes volúmenes de combustible, los miles de vehículos dañados y las pérdidas económicas que deberán absorber los ciudadanos no son solo un problema técnico. Son un golpe directo a la credibilidad del Estado.
La historia reciente ofrece una advertencia clara. En 2020, el gobierno transitorio de Jeanine Áñez tuvo una oportunidad similar: demostrar que Bolivia podía gobernarse de manera distinta tras el desgaste del ciclo anterior. Sin embargo, los escándalos, la mala gestión y la percepción de improvisación bastaron para que el MAS regresara al poder con una victoria contundente. No fue necesariamente por mérito de su candidato, sino por la decepción que generó la alternativa.
Ese patrón responde a un fenómeno conocido en ciencia política como “voto retrospectivo”. Los ciudadanos evalúan su situación presente y la comparan con el pasado reciente. Si perciben que su vida empeoró, tienden a regresar a lo que ya conocen, incluso si ese pasado estuvo lleno de problemas. La memoria política no siempre es racional; muchas veces es simplemente comparativa.
En ese contexto, la figura de Evo Morales sigue proyectando una sombra larga sobre la política boliviana. Aunque su influencia electoral ya no tiene la fuerza expansiva de otros tiempos, conserva estructuras territoriales, militancia organizada y una base política cohesionada. En un escenario nacional fragmentado —donde decenas de fuerzas controlan municipios y regiones— una estructura disciplinada puede convertirse nuevamente en una alternativa viable.
El verdadero riesgo no es solo el retorno de un liderazgo del pasado. El riesgo es que ese retorno ocurra por errores del presente. Bolivia no está condenada a repetir sus ciclos políticos, pero romperlos exige algo más que discursos de renovación. Exige gestión efectiva, instituciones que funcionen y decisiones que generen confianza pública.