Dios te bendiga

Aleluya Chiquitana

Aleluya Chiquitana
Mons. Roberto Flock | Columnista
| 2026-04-10 08:16:22

«¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado.» (Lc 24,5-6)

¡Felices Pascuas de Resurrección!

La Iglesia católica celebra toda esta semana, desde el Domingo de Pascua hasta el Domingo de la Divina Misericordia, un prolongado día del Señor, porque consideramos la Resurrección de Cristo Jesús el eje de toda la historia humana. Después de la Semana Santa celebramos una semana de regocijo.

Para los pastores es, a la vez, una semana de descanso después de la intensidad de las celebraciones de la semana anterior, en esta cultura donde la religiosidad popular prevalece más que la liturgia oficial de la Iglesia.

Por ejemplo, en el Misal Romano, donde están todas las misas con sus respectivas oraciones, no se encuentra la visita a siete iglesias, como se hace en muchas partes de Bolivia, ni tampoco las procesiones típicas de Semana Santa. A pesar de la profunda religiosidad de mi propia familia, al haber entrado al Seminario a mis 13 años y haber estudiado Teología en Roma, desconocía la procesión del Santo Sepulcro hasta que vine a Santa Cruz. Cuando fui nombrado Obispo Auxiliar de Cochabamba, tuve que intervenir en la Orden de los Caballeros del Santo Sepulcro para ayudarla a recuperar su razón de ser como institución católica. Naturalmente, su urna —donada por Simón Patiño— por su oro, plata, historia y uso, es la reliquia más valiosa de toda la nación.

Pero, para decir la verdad, como gringo, sacerdote, obispo y teólogo, me resulta difícil poner más énfasis en el Santo Sepulcro que en Cristo Resucitado. Quizás en estas tierras, desde todos nuestros sufrimientos y humillaciones, es más fácil identificarnos con un Cristo torturado, crucificado, muerto y sepultado, que con un Jesús Resucitado que dice: «La paz con ustedes; perdonen los pecados; vayan y hagan discípulos».

Todas las iglesias misionales jesuíticas tienen su Santo Sepulcro con un estilo típicamente misional, con gradas alrededor para las velas y decorativos propios de sus templos. Excepto la de San Ignacio de Velasco. La suya luce un estilo totalmente diferente, liviano y lúcido. Cuando preguntaba, nadie sabía el porqué. En el Catálogo de los Bienes Muebles de las Misiones de Chiquitos (2003), su foto indica origen y autor «desconocidos». Me parecía, por su estilo, importado de Francia.

Fue gravemente dañado por un joven drogadicto en 2019, con piezas delicadas perdidas. Una inspección cercana revela una serie de huecos que evidencian piezas faltantes.

Mandé hacer uno nuevo incorporando decorativos y ángeles chiquitanos para estrenarlo este año. El Viernes de Dolores lo bendije en la Catedral, pero quedé sorprendido por una ola de reacciones de quienes querían quedarse con el antiguo. Jesús observó que «nadie, después de haber gustado el vino viejo, quiere vino nuevo, porque dice: el añejo es mejor» (Lc 5,39). Lo dijo porque muchos rechazaron a Él y sus enseñanzas, que no fueron un parche, sino una transformación para crear un cielo nuevo y una tierra nueva con hombres nuevos.

Posteriormente me enteré de la historia del Santo Sepulcro de San Ignacio, que nadie supo contar antes, ni mis presbíteros chiquitanos. Según la Monografía del Pueblo de San Ignacio de Loyola de Alfonso Kreigler, nuestro antiguo Santo Sepulcro fue encargado y fabricado en Londres por Augusto Toledo Suárez para su pueblo natal de San Miguel. Publicada en 1977, la obra habla de los problemas de comunicación de aquel entonces, que derivaron en la decisión de entregárselo a San Ignacio. Dice: «Transcurrido un tiempo, ni el cura ni el corregidor, un señor Dorado, contestaron las cartas al señor Toledo. Indignado este filantrópico hombre por el desprecio que se hizo de su ofrecimiento, resolvió obsequiarlo a la Parroquia de San Ignacio de Loyola». Después cuenta cómo lo hizo llegar a San Ignacio sobre los hombros de los chiquitanos, desde Santa Cruz de la Sierra, para que estuviera a tiempo para la procesión del Viernes Santo de 1927. Tenía ocho candeleros de plata incrustados a cada lado, ahora desaparecidos, lo que explica los huecos encontrados.

Qué pena que el obispo se enterara de todo esto después de tener el nuevo sepulcro listo para estrenar.

Hace dos años escribí una propuesta a mis hermanos y amigos más cercanos en los EE. UU. para que me visitaran en la Chiquitanía, donde ya llevo nueve años como Obispo, de mis treinta y siete en Bolivia. Aunque la mitad de mis diez hermanos vinieron a mi consagración episcopal en Cochabamba en 2013, con visitas previas a Santa Cruz, Samaipata y Concepción, ninguno conoce la hermosa tierra ignaciana ni el pueblo donde ahora tengo el privilegio de pastorear el rebaño.

Les dije que la Semana Santa es la época de menos bloqueos y disturbios sociales, de mayor belleza de la naturaleza por las lluvias y de las más increíbles manifestaciones de fe, como es la procesión del Santo Sepulcro. Pero ninguno se animó, pues la vez anterior se enfermaron a pesar de las precauciones con el agua y la comida.

Con lo sucedido estos días, lucho contra cierta amargura y quiero decirle a mi rebaño chiquitano, tan aferrado a su antiguo Santo Sepulcro: «¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado» (Lc 24,5-6).

Voy a poner mi atención más en el Aleluya Chiquitano, tradición exclusivamente nuestra que celebra el encuentro entre Cristo Resucitado y su madre María, quien pasa de ser la Dolorosa a la eternamente Consolada.

Al concluir la Misa de la Vigilia Pascual en la Catedral, los jóvenes cargan el Cristo y las señoritas la Virgencita, en una carrera hasta el lugar del encuentro. De vez en cuando ganan las mujeres. Una vez presentes todos por caminos más directos, se pasan las imágenes frente a frente para simbolizar ese momento de encuentro gozoso. Concluye con un baile folclórico realizado por los niños y niñas, que culmina levantando sobre palos a uno de ellos, vestido de ángel, quien canta en Bésiro Chiquitano el Aleluya anunciando la Resurrección de Jesucristo, Hijo de Dios e Hijo de María.

Yo quisiera que mis hermanos y amigos experimentaran esta maravilla conmigo, por lo menos una vez, antes de que concluya mi propia misión en estas tierras acogedoras.

Suborikotii ato, naki ubai Kesukristo. Suborikotii ato, naki aitotii Tupax. Suborikotii ato, aito Nupakima María.

¡Aleluya, aleluya, aleluya!

Dios te bendiga.

Mons. Roberto Flock | Columnista
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