Hay una paradoja que la historia ha preferido ignorar: el pueblo más perseguido de la civilización occidental es también, según sus perseguidores, el más poderoso. Esa contradicción no es un accidente. Es el nudo central de uno de los odios más irracionales y más duraderos que ha producido la humanidad.
El filósofo estadounidense Thomas Sowell lo formuló con la precisión incómoda que solo permite la honestidad intelectual: la única forma en que los judíos podrían dejar de ser odiados —tanto por la derecha como por la izquierda— sería fracasar. Porque su éxito, lejos de ser perdonado, es la fuente misma del resentimiento. Y lo verdaderamente perturbador es que ese éxito no nació del privilegio, sino exactamente de lo contrario.
Durante siglos, las comunidades judías en Europa fueron empujadas sistemáticamente hacia los roles que nadie quería. Se les prohibió poseer tierras, ingresar a los gremios artesanales y ocupar cargos públicos. Se les obligó a prestar dinero con interés —actividad que la Iglesia vedaba a los cristianos pero que la economía medieval necesitaba desesperadamente— y a cobrar impuestos en nombre de los señores feudales, absorbiendo el odio popular que correspondía al poder real. El rey cobraba. El judío recibía el golpe.
Lo que los perseguidores diseñaron como sistema de humillación y control produjo, con el tiempo, el efecto contrario. Sin acceso a la tierra, invirtieron en conocimiento. Sin posibilidad de acumular bienes que podían ser confiscados de un día para otro, convirtieron la educación en el único patrimonio verdaderamente indestructible. La obligación religiosa de que todo hombre leyera la Torá generó comunidades con alfabetización universal en una Europa mayoritariamente analfabeta. El estudio del Talmud —que es, en esencia, debate jurídico y argumentación lógica— formó durante generaciones mentes entrenadas para el pensamiento crítico. La diáspora forzada, esa tragedia de vivir dispersos en tres continentes, creó accidentalmente la red comercial más extensa de la Edad Media.
La resiliencia no fue una virtud que eligieron cultivar. Fue la única respuesta disponible ante una historia que no les dejó otra opción.
Y ahí reside la paradoja más cruel: el éxito que hoy se les reprocha es hijo directo del maltrato que se les infligió. Cada expulsión, cada confiscación, cada decreto de exclusión contribuyó, sin quererlo, a templar una identidad colectiva extraordinariamente adaptable. Si hubieran tenido acceso a los mismos caminos que los demás, quizás habrían sido simplemente iguales a los demás. Pero no los dejaron.
Entonces los odiaron por ser diferentes. Luego los odiaron por sobrevivir. Después los odiaron por prosperar. Y hoy, algunos los odian simplemente por existir.
Owen tiene razón en su diagnóstico, aunque la conclusión que se desprende de él no es que los judíos deban fracasar, sino que el mundo debería preguntarse seriamente qué dice de sí mismo un odio que solo se aplaca con la derrota ajena. Porque un resentimiento que no admite el éxito del otro no es una postura política ni una crítica legítima. Es, simplemente, envidia con pretensiones históricas.
La resiliencia no fue una virtud que eligieron cultivar los judíos. Fue la única respuesta disponible ante una historia que no les dejó otra opción.