Editorial

La ilusión del poder autonómico

El próximo 19 de abril, Santa Cruz no solo acudirá a una segunda vuelta electoral: pondrá a prueba una de sus mayores banderas históricas, la autonomía.

Editorial | | 2026-04-15 07:02:04

El próximo 19 de abril, Santa Cruz no solo acudirá a una segunda vuelta electoral: pondrá a prueba una de sus mayores banderas históricas, la autonomía. Pero detrás del ruido de campaña, de los discursos encendidos y de las promesas de transformación, hay una verdad incómoda que ningún candidato ha querido admitir: el próximo gobernador no recibirá poder, recibirá limitaciones.

La Gobernación cruceña, símbolo durante décadas de la lucha regional, atraviesa hoy una paradoja profunda. Tiene legitimidad política, visibilidad pública y peso simbólico, pero carece del músculo financiero y de las competencias reales para ejecutar las grandes promesas que dominan el debate electoral. Es, en los hechos, una institución atrapada entre la expectativa ciudadana y una estructura que no responde.

El problema no es ideológico, es estructural. Los ingresos por por el Impuesto Directo a Hidrocarburos —principal fuente de financiamiento departamental— han caído de forma sostenida en la última década. Sin embargo, las obligaciones no han disminuido. Al contrario: la Gobernación debe sostener hospitales de tercer nivel, programas sociales y una burocracia creciente.

El resultado es una institución financieramente rígida. En muchos casos, más del 70% del presupuesto se destina a gasto corriente: sueldos, funcionamiento y compromisos heredados. Lo que queda para inversión real es marginal. En ese contexto, prometer carreteras, industrias o megaproyectos no es ambición: es desconexión con la realidad.

A esto se suma un problema aún más delicado: el crecimiento del aparato administrativo. La Gobernación ha mutado progresivamente en una estructura que absorbe empleo más de lo que genera desarrollo. Ingenieros sin obras, médicos sin insumos, técnicos sin proyectos. La burocracia no es solo un problema de eficiencia, es un síntoma de agotamiento institucional.

Pero el punto crítico está en la llamada “autonomía”. El gobernador electo tendrá responsabilidades políticas claras, pero competencias limitadas. Muchas de sus funciones dependen de decisiones del nivel central, tanto en financiamiento como en ejecución. Sin coordinación —o sin alineamiento político—, los proyectos simplemente no avanzan. La autonomía, así, queda reducida a una administración condicionada.

Santa Cruz enfrenta entonces una contradicción: es el motor económico del país, pero su gobierno departamental no tiene herramientas proporcionales a ese peso. La presión demográfica, el crecimiento urbano y la demanda de servicios avanzan más rápido que los ingresos disponibles.

El verdadero debate no debería ser quién promete más, sino quién entiende mejor las limitaciones del cargo. Gobernar hoy no es inaugurar obras, es administrar escasez con inteligencia y, sobre todo, tener la capacidad política de exigir un rediseño del modelo fiscal.

Votar este 19 de abril sigue siendo fundamental. Pero hacerlo sin cuestionar las promesas es aceptar una ficción. No se elegirá a un líder todopoderoso, sino a un gestor atrapado en un sistema que necesita reforma.

Santa Cruz no necesita más discursos sobre autonomía. Necesita que alguien admita que, hoy por hoy, esa autonomía tiene más peso simbólico que real.