Es como un cargo de conciencia permanecer callado y pasar por alto lo que merece ser dicho con la mayor claridad; veamos de qué se trata. Sin poder precisar el mes y el año, el hecho es que un canal de televisión nacional cedió minutos a un abogado que ventiló detalles de un juicio iniciado en la jurisdicción civil. Sus declaraciones mostraban claramente que la intención era ejercer presión sobre las decisiones del juzgador.
En una ocasión posterior, participaron como “entrevistados” el demandante y su abogado; en otras que siguieron, solo el litigante, quien socializaba los detalles del pleito y esperaba que el televidente actuara como juez. Algunas televisoras aumentaron su “rating” y demostraron que se puede tener un público —interesado en la privacidad— inclinado a lo morboso.
Hoy en día, no es necesario que los juristas vayan al “set” de TV; son los reporteros quienes buscan a los letrados, que, obviamente, argumentan a favor de sus patrocinados. Es casi utópico pensar que un abogado encargado de la defensa diga que su cliente tiene vinculación con los hechos. “¡Es inocente!”, afirma con convencimiento fingido. Entonces, ¿cuál es el criterio para entrevistarlo?
Eso no es todo. La cobertura noticiosa sobre la comisión de presuntos delitos, en especial si se trata de aquellos que interesan a la colectividad, es la agenda que domina el horario informativo. Se ve que el derecho a la libre expresión, en materia judicial, es cada día más amplio, sin considerar que la presunción de inocencia, aun así, es un principio constitucional. A pesar de ello, la población vive pendiente de la detención preventiva en recinto carcelario; siente especial complacencia al mirar al enjuiciado con las manos enmanilladas.
Encima, y de un tiempo a esta parte, la cobertura noticiosa de la actividad política es exagerada. La visibilidad que consiguen los políticos con cada nueva ocurrencia es —en muchos casos— una muestra de su escaso razonamiento y de un vocabulario vulgar, lo que podría ser, más propiamente, una exhibición de pluralismo disparatado. Y, por añadidura, al ecosistema comunicativo de por sí cada vez más tóxico, vuelven las entrevistas a parlamentarios, cuya intervención llega a ser impertinente, puesto que fiscalizar no es insultar ni protestar, ni tampoco apoyar de forma tajante las acciones del gobierno. Es representar al pueblo con misiones distintas, solemnes en cada instante: prestigiar su desempeño, alcanzar buen criterio legislativo, honrar su juramento y estudiar el derecho internacional comparado para modernizar al Estado.
Finalmente, el contenido de los espacios informativos es deprimente, a tal punto que, en otros países, con solo leer o seguir titulares, queda la impresión de que Bolivia es un país con demasiados problemas; que, si bien existen señales de cambio, el entorno político y social aflige.
Sin necesidad de ocultar o mentir, al periodismo le corresponde también destacar que en Bolivia suceden hechos que enaltecen a los bolivianos.