La escena es idéntica, el guión no ha cambiado una sola coma y los protagonistas parecen atrapados en un remolino infinito. Bolivia vuelve a enfrentarse a las interminables colas de camiones y micros serpenteando las avenidas, buscando un diésel que llega a cuentagotas. Esta película de terror ya la conocemos; la vimos durante la gestión de Luis Arce y, lamentablemente, hoy asistimos a una secuela aún más cruda, donde el desprecio por la verdad y la parálisis en la toma de decisiones son la norma.
El problema del combustible en el país ha pasado de ser una falla logística a convertirse en una enfermedad crónica. La Fundación Jubileo y diversos analistas lo han gritado hasta el cansancio: el Estado se ha quedado sin dólares para importar energía. Sin embargo, la respuesta oficial sigue siendo la misma receta de la era de Arce: minimizar la crisis, negar la escasez y, cuando el sol ya no se puede tapar con un dedo, echarle la culpa a la logística, a la especulación o al contexto internacional. Es la política del avestruz aplicada a la economía.
Lo más alarmante no es solo la falta de diésel, sino la degradación de lo poco que llega. Ya hemos visto al gobierno actuar con total opacidad ante las denuncias de "gasolina basura" o de mala calidad. En lugar de admitir errores técnicos o falta de control en la cadena de importación, el oficialismo se enreda en mil explicaciones técnicas que no convencen a nadie, mientras los motores de la zafra en el agro y del transporte pesado sufren daños mecánicos irreparables. Es el síntoma de un gobierno que prefiere que el motor del país se funda antes que admitir que el modelo fracasado sigue intacto.
No se ha tomado una sola decisión que afecte el corazón del problema: el modelo económico. Seguimos alimentando empresas estatales que son verdaderos agujeros negros por donde se drenan los escasos dólares que le quedan al país. El despilfarro continúa y la conducta política es de una continuidad pasmosa. Se mantienen los mismos errores de Arce: no se libera la importación para el sector privado, no se refocaliza el subsidio de manera inteligente y se sigue asfixiando al sector productivo, que hoy mira con desesperación cómo su cosecha está en riesgo por falta de combustible.
Necesitamos otra conducta económica. No podemos enfrentar una crisis estructural con las mismas tácticas de distracción del pasado. Si el gobierno actual se limita a mirar el problema desde el balcón, esperando que el precio del petróleo baje por milagro divino o que la guerra en Irán termine mañana, está condenando al país a una inflación de alimentos y a una devaluación aún más profunda.
Esta película ya la vimos y sabemos que el final es el desastre. Si no se atacan los problemas de fondo —el déficit fiscal, el gasto público insostenible y el monopolio ineficiente de YPFB—, las colas de hoy serán solo el prólogo de un colapso mayor. Ya basta de excusas; es hora de que alguien en el Palacio tome decisiones, porque el país ya no aguanta más funciones de este terror cinematográfico.
Esta película ya la vimos y sabemos que el final es el desastre. Si no se atacan los problemas de fondo —el déficit fiscal, el gasto público insostenible y el monopolio ineficiente de YPFB—, las colas por diésel serán solo el prólogo de un colapso mayor.