Editorial

Las “sorpresas” de Jhonny Fernández

La ciudad de Santa Cruz está colapsada. Sus calles son un laberinto de baches, basura por todas partes por falta de pago a los recolectores, los estudiantes no reciben su desayuno escolar...

Editorial | | 2026-04-28 07:13:00

La ciudad de Santa Cruz está colapsada. Sus calles son un laberinto de baches, basura por todas partes por falta de pago a los recolectores, los estudiantes no reciben su desayuno escolar, los médicos y enfermeras esperan salarios que no llegan, y la alcaldía deja a la ciudad con una deuda que tardará décadas en saldarse. El panorama es desolador. Pero hay algo aún más desolador que el estado de la ciudad: no hay nada de sorpresivo en este desastre.

Porque nadie —absolutamente nadie— puede decir que no sabía cómo iba a terminar la gestión de Jhonny Fernández. Un hombre que llegó al poder no una sino dos veces, con un historial documentado de irregularidades, con una retórica que normalizó la corrupción con frases que se volvieron célebres, como aquella de "yo no les digo que roben, pero saquen algo". Fernández no ocultó jamás lo que era. La ciudad lo eligió de todas formas. Eso, y no el estado de las calles, es el verdadero escándalo.

El problema no es únicamente Jhonny Fernández. El problema es el sistema que lo hace posible. El andamiaje jurídico y constitucional de Bolivia está diseñado, deliberada o negligentemente, para garantizar la impunidad de quienes ejercen el poder. No existe un mecanismo real de fiscalización, no hay rendición de cuentas efectiva, no hay consecuencias concretas para los funcionarios que saquean el erario. Fernández se irá a su casa tranquilo, sin proceso judicial que lo alcance, sin condena que lo toque, a disfrutar de aquello que acumuló durante sus mandatos. Y el sistema no solo lo permitirá: lo protegerá.

Tampoco hay garantías de que quienes hoy se presentan como paladines de la transparencia resistan la tentación cuando lleguen al poder. No porque sean corruptos de origen, sino porque la estructura los invita a serlo. Sin controles reales, la virtud personal no alcanza. La política boliviana premia el abuso y castiga la ingenuidad de quien pretende gobernar con las manos limpias.

Pero lo más grave, lo verdaderamente perturbador, es la posibilidad —nada remota— de que Jhonny Fernández vuelva a postularse. Y que gane. Ya lo hizo antes. La memoria colectiva es frágil, el marketing político es poderoso, y el electorado cruceño ha demostrado ser capaz de perdonar —o simplemente olvidar— lo imperdonable. Si eso ocurre, no habrá margen para la indignación. Habremos elegido, con plena conciencia, exactamente lo que tenemos.

Hay una sentencia muy conocida: "cada pueblo tiene el gobierno que se merece". La frase es cruel, pero no es injusta. Santa Cruz es la ciudad más dinámica y populosa de Bolivia, con los mejores indicadores económicos del país. Tiene todos los recursos humanos para exigir más, para votar diferente, para construir una institucionalidad a la altura de su potencial. Si no lo hace, si vuelve a elegir a Fernández o a tolerar a otro Fernández, entonces la sorpresa no será la ruina de la ciudad. La sorpresa —la única sorpresa posible— será que todavía alguien finja que no lo vio venir.

Santa Cruz tiene todos los recursos humanos para exigir más, para votar diferente, para construir una institucionalidad a la altura de su potencial. Si no lo hace, si vuelve a elegir a Fernández o a tolerar a otro Fernández, entonces la sorpresa no será la ruina de la ciudad. La sorpresa —la única sorpresa posible— será que todavía alguien finja que no lo vio venir.