La historia de Bolivia es un ciclo pendular de reincidencias donde la ideología siempre termina derrotando a la aritmética. En el ámbito de los hidrocarburos estamos atrapado en una suerte de fatalismo geológico y político: la convicción de que la propiedad estatal de los recursos es, por sí misma, una victoria, aunque esa victoria nos conduzca sistemáticamente a la parálisis y a la escasez. Hemos nacionalizado el sector en tres ocasiones —1937, 1969 y 2006— y en cada una de ellas hemos confundido la soberanía con la autarquía operativa, insistiendo en un modelo que castiga la inversión y premia la burocracia.
Ser pobre por falta de recursos es una desgracia; serlo por elección es una negligencia histórica. Al observar la realidad de 2026, con una producción de gas natural que se desvanece y una dependencia humillante de la importación de combustibles, queda claro que Bolivia ha decidido cavar su propia tumba económica bajo la premisa de que el Estado es un mejor administrador que el mercado. La evidencia internacional y nuestra propia experiencia demuestran lo contrario: la gestión estatal, salvo honrosas excepciones, casi siempre conduce al desastre.
El error fundamental radica en creer que el petróleo y el gas son riquezas estáticas. No lo son. Son activos que requieren tecnología de punta, capitales de riesgo inmensos y una seguridad jurídica que el Estado boliviano ha pulverizado con leyes confiscatorias. Mientras países vecinos como Guyana o Brasil abrazaron modelos de apertura y gestión privada que hoy los tienen en la cima de la producción regional, Bolivia se encerró en un romanticismo estatista que hoy solo nos deja ductos vacíos y un déficit de divisas asfixiante. La administración privada tiene la ventaja intrínseca de la eficiencia y la búsqueda de rentabilidad, lo que obliga a la innovación constante. El Estado, en cambio, tiende a la inercia, al clientelismo y a la postergación de las inversiones necesarias en favor del gasto corriente.
Insistir en que la solución vendrá de la mano de una empresa estatal quebrada y politizada es, sencillamente, negar la realidad. Tuvimos oportunidades de cambiar el rumbo, de integrar al país en las cadenas globales de valor y de convertir la renta petrolera en un motor de desarrollo real y no solo en un subsidio efímero al consumo. Sin embargo, preferimos el aplauso del cabildo y la retórica de la "recuperación" de recursos que, al final del día, se quedan bajo tierra porque nadie tiene el incentivo de sacarlos. No somos víctimas del destino, sino de nuestras propias decisiones.
La actual crisis energética no es un accidente, es el resultado lógico de haber elegido, una vez más, el camino del control absoluto sobre la prosperidad compartida. Bolivia ha demostrado una terquedad asombrosa para tropezar con la misma piedra, confirmando que la verdadera soberanía no es poseer el recurso, sino tener la inteligencia para gestionarlo con éxito.
Bolivia ha demostrado una terquedad asombrosa para tropezar con la misma piedra, confirmando que la verdadera soberanía no es poseer el recurso, sino tener la inteligencia para gestionarlo con éxito.