Esta semana que cierra he encontrado muchas publicaciones
interesantes (con pienso enjundioso) más que otras semanas, pero destacaré tres
artículos, dos entrevistas y una propuesta de recomendaciones que ameritan
detenerse a señalarlas. Las entrevistas son las que Tuffí Aré y El Deber le
hicieron al profesor Ricardo Hausmann —economista venezolano y director del
Harvard Growth Lab de la Escuela de Gobierno John F. Kennedy de la mencionada
Universidad—, referida al tema central de su Institución: «[ampliar] las
fronteras de la investigación sobre políticas de crecimiento y desarrollo
económico, [colaborando] con los responsables políticos para diseñar acciones»
y que para Bolivia, en coordinación con la iniciativa Bolivia 360 promovida por
el empresario Marcelo Claure, se refleja en su propuesta Un Giro Económico para
Bolivia, presentada en días pasado en La Paz y Santa Cruz. Los artículos que
mencionaré son: “Recetas irrelevantes, principios sólidos” de Pablo Mendieta
(El Deber, 30/04), “Sindicatos fuertes, diálogo débil” de Juan Jeffer
Poquiviquí (El Deber, 30/04) y “La doble vara de las ONG para hablar del agro”
de Carlos Armando Cardozo (Brújula Digital, 29/04).
Del importante documento presentado por el profesor
Hausmann, que resume 15 meses de investigación, en la introducción del
documento se autodefinen sus objetivos: «analizar los principales desafíos
económicos del país y explorar vías para encaminar nuevamente a Bolivia hacia
una senda de prosperidad económica inclusiva». El Proyecto se expresó en siete
informes temáticos de política pública, referidos a 1) “Principales hallazgos y
prioridades de reformas”, 2) “La gestación de la crisis macroeconómica”, 3)
“Logros macroeconómicos iniciales y desafíos pendientes”, 4) “Revitalizando el
Sector Energético”, 5) “Liberando el potencial minero y del litio”, 6)
“Oportunidades y desafíos en agricultura” y 7) “Un diagnóstico de crecimiento
del Sector Turístico”, los que —en palabras de Mendieta— «tiene el valor
agregado de “proveer perspectiva”: dar una mirada panorámica a los problemas
económicos (y sus causas) que son urgentes y clave para resolver la crisis
actual. [Todo ello con] una premisa: cómo detener el deterioro de la economía
boliviana dadas las restricciones legales y operativas que existen actualmente».
En resumen: guías, pautas, direcciones, no recetas insiste Mendieta (y
coincido), lo que se une a otras propuestas muy fundamentadas de otras
instituciones nacionales.
De otro economista (Carlos Armando Cardozo), el artículo “La
doble vara de las ONG para hablar del agro” aborda el análisis de las críticas
a la Ley N° 1720/2026 del 10 de abril “Conversión de la Clasificación de
Pequeña Propiedad Titulada a Propiedad Mediana” (conocida también como Ley 157
por el número de su Proyecto de Ley) como instrumento legal que permite migrar
la tenencia de tierra de propiedad colectiva a ser propiedad individual de
manera voluntaria, rompiendo el esquema —cepo y coyunda en realidad—
establecido por el Decreto Ley N° 3464 de Reforma Agraria del 2 de agosto de
1953 que abolió el latifundio y servidumbre indígena (pongueaje),
redistribuyendo tierras de los latifundios para los campesinos y, por ende,
buscando promover la justicia social en la perspectiva y visión históricas de
las grandes revoluciones sociales del siglo 20: mexicana, rusa, cubana (Velasco
Alvarado lo repitió, sin revolución y sin éxito tampoco, en Perú), que, en el
caso de Bolivia, se centró en el Occidente del país (principalmente en la zona
altiplánica) lo que, desde el inicio, marcó la diferencia de tenencia —como de
los desarrollos agrícola y pecuario— entre el Altiplano (principalmente
colectiva e indisponible), los Valles (con predominio de tenencia privada) y
los Llanos (de pequeña, mediana y gran propiedad privada, éstos tres en
alrededor del 60 % del territorio nacional), lo que me reafirmó en mi teoría de
Las Bolivias, cada vez más confirmada por la realidad. Con el tiempo, las
propiedades de tenencia invendible por herencias sucesivas a hijos y nietos
fueron convirtiéndose, en cuatro o cinco generaciones hasta el presente, de
pequeña propiedad colectiva —en general minifundios— a surcofundios (incluso
parte de uno) sólo capaces de producir para autoconsumo (acentuado por la
barrera de las intermediaciones hasta los mercados locales), profundizando la
pobreza y conllevando la emigración del campo a las ciudades y a otras regiones
menos restrictivas; además, al disponerse también su inembargabilidad les
excluyó la posibilidad de créditos sobre la tierra y profundizó la marginación,
relevando lo que De Soto estudió para Perú a mediados de los años 80. Por ende,
la utopía de muchas ONG, fundaciones y colaboraciones internacionales en
Programas para el Desarrollo —de gran entusiasmo para la progresía de países
desarrollados y las nuestras locales— de mantener la propiedad y producción
campesinas sin cambios (lo dizque natural) terminó siendo una repromoción del
porqué Rousseau defendió conceptualmente su Buen Salvaje y la distopía de ese
pensamiento. Una entrevista de María René Duchén con Cardozo permitió ampliar a
más fondo la comprensión sobre su análisis y lo que representa su crítica a las
críticas.
El tercer artículo, “Sindicatos fuertes, diálogo débil”, me
motivó a incluirlo en mi comentario porque aborda algo fundamental cuya
ausencia —hasta ahora al menos, en que confío los nuevos y experimentados
incorporados al Ejecutivo ayuden a solucionar— he criticado en la actitud del
Gobierno Paz: la ausencia de previsión —con tormentas cegando—, la falta de
prevención y manejo de crisis, el debate tras el conflicto. Y aunque
funcionarios como Zamora y Paredes han sabido bien negociar, el quid es que se
ha negociado después; la pregunta que queda es por qué no se han previsto las
crisis, por qué no se ha conciliado (al menos: escuchado) antes, olvidando aquella
pieza del refranero tan sabia: Poné el burro delante, para que no se espante.
Me uno a Mendieta y a Hausmann y su equipo: No es la hora de
indecisiones ni la de actitudes gradualistas. Es la hora de políticas correctas
y oportunas por el bien del país.
No es la de Simón Pedro timorato en la tormenta.